Pelota Muerta

Columna de Esteban Abarzúa en Las Últimas Noticias · RSS

Por favor, que alguien me ayude a desver esto

17-06-2026 · página 16 · Esteban Abarzúa

Empiezo a sospechar que necesito a Will Smith con el neuralizador de "Men in Black" encendiendo esa lucecita para olvidar la patada, aceptar el guion y dormir tranquilo.

Murray Leinster imaginó en 1934 que el tiempo podía sufrir un desperfecto lateral. En "Sidewise in Time" los mundos se rozan y cada decisión abre un corredor hacia otra historia. Agreguemos uno: el mundo en que Jorge Sampaoli respiró hondo y acuñó una frase.

"Messi no le debe un Mundial a Argentina; el fútbol le debe un Mundial a Messi", dijo Sampaoli en octubre de 2017. La sentencia sobrevivió a su autor, quien apenas llegó a octavos de final de Rusia 2018 en la banca albiceleste. Pero la frase lleva años reorganizando la historia. Le entregó a Messi un argumento, a los hinchas una plegaria, a la FIFA una campaña y al mercado una película con final abierto.

¿Qué habría ocurrido si Sampaoli nunca la pronunciaba? Messi habría seguido siendo Messi: el genio que convertía el césped en una superficie inclinada hacia su zurda. Habría cargado con las derrotas ante Chile, con aquel penal enviado a las nubes en Nueva Jersey y con la renuncia tras otra final perdida: "Es increíble, pero no se me da". Lo que acaso faltaría sería la deuda. Sin deuda no hay acreedor, plazo ni ceremonia de pago. Qatar 2022 habría sido una victoria; gracias a Sampaoli fue la reparación que permitió admitirlo como el mejor de la historia.

La frase inventó una injusticia y luego encontró la manera de cobrarla. Después de Kazán, la selección argentina fue presentada como el lastre que frenaba al ganador serial del Balón de Oro. Más tarde llegaron la Copa América de 2021, el Mundial de 2022 y la prolongación del milagro. Messi le hizo una finta al retiro y descubrió que en Estados Unidos la eternidad tiene patrocinadores, derechos televisivos y camisetas rosadas. A los 38 años cada partido funciona como secuela.

Ahora suma tres goles contra Argelia y ya alcanzó a Miroslav Klose: 16 anotaciones en los mundiales. El próximo decorado ya está listo para Hollywood: otra Copa, nuevos récords y Donald Trump entregando el trofeo el 19 de julio. Alguien publicó que Fox Sports USA salió a explicar por qué Messi no podía jugar por Estados Unidos y todos nos tragamos la noticia falsa, escrita por un guionista al que se le fue la mano con la inocencia del público.

En los universos laterales de Murray Leinster, la patada del minuto 31 sobre el defensor argelino Aïsa Mandi en Kansas también ofrece variantes. En uno, el árbitro muestra la roja. En otro, el VAR detiene la función. En este, la jugada se disuelve dentro de la grandeza del protagonista. Las leyendas reciben esa indulgencia: cuando el relato ha costado demasiado nadie quiere que un estoperol arruine el balance. Yo empiezo a sospechar que necesito a Will Smith con el neuralizador de "Men in Black" encendiendo esa lucecita para olvidar la patada, aceptar el guion y dormir tranquilo.

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares extremaron la sospecha en el cuento "Esse est percipi". Allí el último partido se jugó en Buenos Aires el 24 de junio de 1937 y desde entonces el fútbol quedó a cargo de locutores, actores y camarógrafos. Todo era representación y guion armado, salvo la fe del público. Messi nació un 24 de junio. A lo mejor Sampaoli no inventó una frase. Quizás era la contraseña para entrar en una cabina donde el fútbol escribe de antemano lo que después llamamos destino.

Por Dios, cómo pasa el tiempo

16-06-2026 · página 20 · Esteban Abarzúa

Durante noventa minutos la vida acepta otro reloj. El tiempo avanza con una arbitrariedad que depende del marcador.

Vladimir Nabokov descubrió muy temprano que el arco era una forma de apartarse del mundo. En su autobiografía cuenta que el director de su escuela en San Petersburgo lo reprendía por perder el tiempo bajo los tres palos mientras los demás corrían detrás de la pelota. "Estaba loco por ser arquero", escribió. Una vez chocó con un rival, quedó inconsciente y conservó el balón abrazado al pecho. Tuvieron que quitárselo para atenderlo. Incluso desmayado seguía defendiendo.

La escena parece escrita por Nabokov: un niño suspendido entre la luz y la oscuridad, aferrado a una pelota. Años después definiría la existencia como "una rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas". El fútbol cabe perfectamente en esa rendija. Durante noventa minutos la vida acepta otro reloj. El tiempo avanza con una arbitrariedad que depende del marcador: para quien gana, el segundero padece artritis; para quien pierde, corre como un delantero sin marca. A veces, en una misma jugada, ambos equipos cambian de religión.

Yo pertenezco a la cofradía de quienes desean que el misterio perdure. Si pudiera fijar una imagen para siempre, volvería a los once años, a España 82, al minuto 68 de Brasil-Italia en Sarriá. Falcão recibe, amaga y saca un zurdazo que pone el 2-2. Su festejo tiene algo de resurrección pagana: el puño cerrado, la boca abierta, el alivio de millones que creen que el futuro acaba de ser salvado. Paul Howard escribió que el mejor Mundial de tu vida es el que viste a los once años. La edad admite pequeñas prórrogas. La sentencia, ninguna.

Desde aquel torneo mi memoria cuenta once mundiales. Esa es mi unidad doméstica del tiempo. Otros usan décadas, gobiernos, matrimonios o mudanzas. Yo puedo medir la vida entre el grito de Marco Tardelli ante Alemania y la aparición reciente de Romario y Bebeto en Estados Unidos, ahora con canas, menos pelo y el aire desconcertante de dos muchachos que envejecieron en nuestro lugar.

Jean-Philippe Toussaint sostiene que el tiempo del juego detiene la muerte. Quizá por eso el tiempo agregado resulta tan inquietante: cada centro cae al área con la urgencia de una llamada a las cinco de la mañana, cada rebote parece capaz de alterar una biografía o escribir un epitafio. El árbitro lleva en la muñeca un pequeño artefacto de poder absoluto.

La pausa de hidratación ha introducido ahora otro misterio. En plena agonía, cuando el partido alcanza esa temperatura en que nadie se atreve a pestañear, aparecen tres minutos de publicidad y millones de espectadores son expulsados de la cita sin tarjeta roja. La infancia futbolera ignoraba ese abismo. Resulta difícil imaginar el gol de Falcão, que cayó justo antes de lo que sería la pausa, seguido inmediatamente por un anuncio de bebida energética, una casa de apuestas y un automóvil que atraviesa el desierto. Había que dejarlo festejar. También nosotros necesitábamos esos segundos para creer que el tiempo, por una vez, estaba de nuestro lado. Aunque sólo fuera una ilusión más, entre tantas, de este corto viaje.

Un momento que se cantará por generaciones

15-06-2026 · página 7 · Esteban Abarzúa

El tamaño de una selección se mide de muchas maneras y la menos confiable aparece en los mapas.

Livano Comenencia no figura entre los 158.006 habitantes de Curaçao, según el último censo de 2025. Nació en Breda, cien kilómetros al sur de Amsterdam, hijo de dos curazoleños. Allí lo reconocen como un "yu di Kòrsou na Hulanda": un hijo de Curaçao en Holanda. Cerca de 150 mil curazoleños viven en distintas regiones de los Países Bajos. Incluso juntando ambas poblaciones, Curaçao seguiría siendo la nación más pequeña que ha disputado una Copa del Mundo. Este domingo todos celebraron con un solo corazón cuando Livano remató de zurda una pelota suelta en el área alemana y la red se estremeció como si estuviera amarrada al planeta.

Alemania 1, Curaçao 1. El reloj marcaba 20 minutos y 41 segundos en Houston. Entonces Comenencia encontró un rebote, disparó entre piernas enemigas y venció a Manuel Neuer. El grito curazoleño fue el más grande de una tarde con 68.021 espectadores. Por unos minutos, la selección debutante no tuvo que imaginar la igualdad: pudo mirarla en el tablero.

Después llegó la pausa de hidratación: tres minutos ordenados por la FIFA, incluso bajo techo. El fútbol aprovechó para repetir el monólogo de estos días: también es negocio y qué. Pero durante esa pausa todos pudimos pensar en qué pasaría si el milagro se extendía, si ese país de tan sólo 444 kilómetros cuadrados instalaba una nueva leyenda en el deporte que inventa gigantes para derribarlos.

Alemania dominaba la pelota, el territorio y casi todas las estadísticas, aunque no las dimensiones emocionales del partido. El equipo de Dick Advocaat apenas cruzaba la mitad del campo y cada contragolpe parecía una botella lanzada al mar. Sus jugadores corrían con el entusiasmo de quien dispone de una sola posibilidad y con la calma de quien sabe que, en el peor de los casos, no tenía nada que perder. Alemania recuperó la ventaja a los 38, se fue 3-1 al descanso y terminó ganando 7-1. La goleada confirmó el poder europeo; el empate fugaz reveló otra clase de grandeza.

Tal vez eso explique las lágrimas de Advocaat. A los 78 años, el viejo entrenador neerlandés se entregó a una causa improbable después de dirigir selecciones más poderosas. Se convirtió en el técnico de mayor edad en un Mundial y comprobó algo que la pelota repite sin desgastarlo: el tamaño de una selección se mide de muchas maneras y la menos confiable aparece en los mapas.

A comienzos del siglo pasado, una mujer llamada Mervelita Comenencia conservó una canción de la tradición oral curazoleña. Pedía libertad e igualdad con una frase en papiamentu: "Manda e kos pa nos". Mándanos eso. La lengua de la isla nació del roce entre español, portugués, neerlandés y voces africanas, en un lugar que los conquistadores llamaron Islas Inútiles junto a Aruba, Bonaire y las Antillas porque no encontraron el oro que buscaban.

No hay parentesco entre Mervelita y Livano, apenas un apellido que viaja a través del tiempo. Ella reclamaba la libertad; él mandó desde Houston lo que suele venir después en la historia de un pueblo: la alegría de estar vivos al mismo tiempo. Algunos sueños duran lo que dura un parpadeo. Eso no los hace menos verdaderos ni menos deseables.

18 años: la edad ideal para convertirse en crack

14-06-2026 · página 13 · Esteban Abarzúa

Los formadores deberían tomar nota. A un superdotado no se le protege alejándolo de la exigencia. Se le ofrece un escenario acorde a su talento.

Hay futbolistas que llegan temprano. Otros llegan tarde. Ayyoub Bouaddi parece haber llegado a tiempo. La frase más repetida del fútbol actual dice que a los jóvenes hay que llevarlos con calma. Se pronuncia con tono paternal, como quien protege una porcelana valiosa. El problema es que el fútbol no se juega en una vitrina. Se juega en medio del ruido, de la velocidad y de los delanteros que intentan humillarte delante de ochenta mil personas.

Bouaddi tiene 18 años. Frente a Brasil tocó la pelota 86 veces, más que cualquier compañero. Completó 60 pases, ganó nueve de trece duelos terrestres, recuperó seis balones, completó tres regates y atravesó el partido sin que nadie lograra superarlo en el uno contra uno. Vinícius, Raphinha, Paquetá, Cunha: todos encontraron una frontera.

Era su debut en una Copa del Mundo.

A veces las estadísticas sirven para explicar una actuación. Esta vez sirven para explicar una época. El fútbol de hoy se juega a una velocidad que habría parecido ciencia ficción hace treinta años. Las transiciones duran segundos. Los espacios aparecen y desaparecen como puertas automáticas. Un jugador que piensa rápido tiene más ventajas que nunca. Por eso algunos talentos alcanzan la madurez antes de lo que dictaban los manuales.

Bouaddi pertenece a esa especie.

A los 15 años ganó un concurso nacional de oratoria en el Palacio del Elíseo. El tema que eligió parecía una pregunta para filósofos y entrenadores: "¿Es más importante el resultado que la forma?". Mientras otros adolescentes memorizaban respuestas para entrevistas, él aprendía a construir argumentos delante de un auditorio.

Después llegaron los récords. Debutó profesionalmente con Lille a los 16 años y tres días. Se convirtió en el jugador más joven en disputar un torneo de Europa. Obtuvo el bachillerato por adelantado. Estudió matemáticas. Francia lo educó futbolísticamente, pero Marruecos lo sedujo emocionalmente.

Contra Brasil apareció la síntesis de todas esas historias.

Durante años se habló de Marruecos como una revelación. El término empieza a quedarse pequeño. Semifinalista en Qatar 2022. Campeón del Mundial Sub 20 disputado en Chile en 2025. Dueño de una red global capaz de reunir futbolistas formados en Lille, París, Ámsterdam, Bruselas o Madrid bajo una misma bandera. El país entendió que la diáspora podía convertirse en proyecto deportivo.

Bouaddi es uno de los rostros más refinados de esa transformación.

Mientras Casemiro abandonaba la cancha en el descanso, el muchacho seguía administrando el partido. Había algo simbólico en esa imagen. El veterano que marcó una época observaba cómo un adolescente comenzaba la suya.

Quizás el verdadero error consista en llamar promesa a jugadores como Bouaddi. Una promesa pertenece al futuro. Bouaddi ya pertenece al presente.

Los formadores deberían tomar nota. A un superdotado no se le protege alejándolo de la exigencia. Se le ofrece un escenario acorde a su talento. Los grandes futbolistas aprenden a convivir con la dificultad porque la dificultad es precisamente el lugar donde nacen.

Brasil descubrió a Bouaddi en una noche de Mundial. Marruecos llevaba años preparándolo.

#ParaQuéMeInvitanSiSabenCómoMePongo

13-06-2026 · página 13 · Esteban Abarzúa

Antes se esperaba el domingo con una fe de parroquia; ahora el fútbol se alimenta del recorte vertical y del like que le pone precio a la emoción.

El segundo gol de México en el Mundial acaba de entrar y el estadio Azteca, durante unos segundos, recupera su antigua especialidad: parecer un volcán con graderías. La multitud se levanta, las bocas se abren, las camisetas verdes forman una espuma nacional. En el centro de la imagen, televisada para todo el mundo, dos muchachos hacen el gesto que explica esta época mejor que cualquier editorial: voltean el teléfono y se graban a sí mismos. La cancha queda detrás, en una zona borrosa. La fiesta ocurre con hashtag, de frente a la cámara.

Juan Pablo Meneses llamaría a esto postfútbol: un espacio donde el partido ya no termina en el silbato, ni empieza en la formación, ni cabe en la camiseta. Pantallas, apuestas, métricas, marcas personales, vigilancia, pura ansiedad digital. Antes se esperaba el domingo con una fe de parroquia; ahora el fútbol se alimenta del recorte vertical y del like que le pone precio a la emoción. El hincha registra, edita, sube, comenta. Vive el gol y produce la prueba de que lo vivió.

El hinchismo se volvió un territorio en disputa. Se discute quién merece la corona de verdadero hincha, con el barrabrava ansioso por quedársela a punta de viaje, aguante y amenaza. Durante mucho tiempo, un hincha de verdad sabía sufrir un cero a cero de su equipo, enfrentarlo como continuidad de la vida misma: el tedio del lunes, la deuda pendiente, la lluvia sobre la micro. Hace rato que esa definición cruje. Hay hinchadas convencidas de ser tanto o más importantes que sus colores. Hay hinchas que se comportan como consumidores de un producto desechable si no entrega la satisfacción pagada. Hay otros que ahora se vienen a celebrar a sí mismos como creadores de contenido, avalados por el nuevo algoritmo de monetización de la FIFA.

México conoce bien los modos en que un Mundial deja imágenes para el archivo común. En 1970 vio a Pelé en andas después de ganar la Copa Jules Rimet, elevado por una multitud que parecía haber encontrado al rey. En 1986 vio a Maradona con la copa en alto, también sobre hombros ajenos, convertido en una estampita pagana. Entre esas dos coronaciones, el país del siquitibum aportó su propia firma: la famosa ola de México 86. En The Guardian, John Crace la ubicó en la familia de la vuvuzela sudafricana y la voz de Pavarotti en Italia 90: accidentes culturales que una Copa del Mundo adopta como emblema.

Elias Canetti ayuda a leer esa vieja invención y esta nueva escena. En "Masa y poder", el estadio aparece cerrado hacia afuera por sus paredes y hacia adentro por el campo que concentra las miradas. Canetti lo escribió con precisión inquietante: "Cada uno tiene mil cuerpos y mil cabezas delante de sí. Mientras él esté, todos están. Lo que lo excita también los excita a ellos y él lo ve". La ola fue la masa descubriendo que podía moverse frente a sí misma. El festejo de los influencers agrega otra vuelta: la masa se mira ahora en la cámara frontal. Cada uno tiene mil cuerpos delante y, además, su propio rostro en la pantalla.

Todavía falta saber qué quedará desde la cancha en este tercer Mundial desde el mítico Coloso de Santa Úrsula. Quizá un gol, una expulsión, una jugada repetida por el VAR hasta perder misterio. Desde la grada ya quedó una señal nítida. Dos hinchas celebran el gol mirando hacia el lente, como si lo más importante quedara a la altura del brazo extendido. Uno cierra los ojos y aprieta el puño; el otro muestra dos dedos y canta para su público portátil.

La palabra hincha nació hace un siglo en el Río de la Plata, heredera de aquel fanático de Nacional que inflaba pelotas desde el borde del campo. Hinchar era soplar aire y empujar al equipo con la garganta. En el Azteca de 2026 ese soplo también infla una cuenta personal. México celebró. La multitud rugió. Y los influencers editaron el recuerdo antes de terminar de vivirlo.

Lo que pasa cuando pones "Inglés avanzado" en tu currículo

12-06-2026 · página 6 · Esteban Abarzúa

El fútbol empezó otra vez para hacernos creer, durante noventa minutos repartidos en cuatro tandas, que una pelota todavía puede ordenar el ruido del mundo.

El Mundial comenzó con partidos de cuatro tiempos, como si el fútbol hubiera aceptado parecerse a una serie con tandas comerciales. La pausa de hidratación llega con receta médica y olor a negocio. Dice cuidar a los jugadores del calor mientras le concede al planeta otra oportunidad de conocer una casa de apuestas.

Habrá que acostumbrarse. Los telespectadores europeos y sudamericanos miran la interrupción con desconfianza. El fútbol siempre tuvo pausas: el arquero que acomoda el balón, el zaguero que se ata los cordones en el minuto 89, el técnico que convierte una botella de agua en tratado de metafísica. Ahora la pausa trae horario y patrocinador. A mí me presta un servicio: relajo la vena, repongo el maní y reviso memes.

México y Sudáfrica inauguraron el torneo con reglamento nuevo y nervios antiguos. Hubo tres expulsados, VAR con ganas de figurar y una norma de cinco segundos para laterales y saques de valla. Cinco segundos parecen una eternidad cuando uno espera la micro. En el área propia ahora duran lo mismo que una mala noticia. El árbitro decide cuándo empieza la cuenta y el jugador queda atrapado en una especie de trampa.

Los Bafana Bafana pagaron el peaje de los primerizos. Cada salida desde el fondo tuvo algo de sudoku con público. El arquero miraba la pelota, el defensor miraba al arquero, el árbitro miraba su cronómetro invisible y México miraba la oportunidad. A los 9 minutos llegó el primer gol, desde la confusión sudafricana cada vez que intentaron salir jugando. Luego los locales administraron la ventaja con la serenidad de quien encuentra dinero en un pantalón viejo.

Para Wilton Sampaio la tarde tampoco fue un paseo. Le tocó batir el récord de expulsados en un partido inaugural y asumir el papel más raro del árbitro moderno: explicar, en inglés, una decisión tomada por otros ojos. La segunda roja exigió revisión del VAR. En español dijo algo parecido a: "Atacante número 11 comete juego sucio. Brazo... Directo... Rostro... Defensor. Decisión: tiro libre, tarjeta roja". No estuvo mal, pero su duda al elegir las palabras y la cara del sudafricano Khuliso Mudau tratando de entenderlo terminaron de fabricar el meme. Todos hemos estado ahí: cuando íbamos a una entrevista de trabajo luego de poner "Inglés avanzado" en el currículo.

La ceremonia inaugural ofreció austeridad de evento corporativo. El vocalista de Maná y Shakira sostuvieron la parte festiva como se sostiene una piñata antes del golpe. La FIFA evitó el discurso presidencial y resolvió la ausencia de Claudia Sheinbaum con eficacia hollywoodense: Salma Hayek junto a Gianni Infantino. La actriz que en 1996 ganó fama mundial al bailar con una serpiente en "Del crepúsculo al amanecer" ahora abrió los fuegos del Mundial junto al presidente de la FIFA.

La serpiente cambió de escenario. El fútbol empezó otra vez para hacernos creer, durante noventa minutos repartidos en cuatro tandas, que una pelota todavía puede ordenar el ruido del mundo.

¿El mayor proveedor de felicidad del mundo?

11-06-2026 · página 15 · Esteban Abarzúa

La FIFA duplicó sus ingresos entre Qatar y Norteamérica. Las entradas son las más caras de la historia.

Hay tres fotos que explican a Gianni Infantino mejor que una auditoría. Con Vladimir Putin, Tamim bin Hamad Al Thani y Donald Trump. Rusia 2018, Qatar 2022, Estados Unidos 2026: tres mundiales y tres maneras de comprobar que el fútbol aprendió a usar traje de cancillería.

"Parece un defensor improbable de un nuevo orden futbolístico", escribió The Economist sobre su figura. Improbable porque viene de Brig, una ciudad suiza bajo los Alpes. Su padre, Vincenzo, trabajaba en trenes nocturnos; su madre, Maria, atendía un quiosco en la estación. Su escena fundacional ocurrió en 1982. Italia ganó el Mundial y la familia cruzó a Domodossola para festejar. No había banderas. Maria compró telas rojas, blancas y verdes, y las cosió. Décadas después el hijo haría algo parecido, con materiales menos inocentes: federaciones pobres, patrocinadores gigantes, presidentes, emires, estadios, tarifas. Donde su madre cosía colores, él cose intereses.

En 2016 llegó casi de rebote a la presidencia de la FIFA. Antes era el hombre de los sorteos y attaché de Michel Platini en la UEFA. Diez años después, el Mundial de 2026 es su criatura mayor: 48 equipos, 104 partidos y tres anfitriones, sí, pero con 78 encuentros en Estados Unidos. Infantino lo sostiene como fiesta global con caja registradora. La FIFA duplicó sus ingresos entre Qatar y Norteamérica. Las entradas son las más caras de la historia. El modelo dinámico de precios convirtió la ansiedad del hincha en algoritmo: para la final aparecieron localidades y paquetes premium a treinta mil dólares. El balón une al mundo, siempre que el mundo pueda pagar peaje.

Infantino vende a la FIFA como "el mayor proveedor de felicidad para la humanidad". La frase parece escrita por un publicista con fiebre, pero explica su fe: el fútbol como salvoconducto para entrar en cualquier despacho. The New Yorker escribió que "el Mundial de este verano será la obra maestra de Infantino. También podría ser su mayor error".

La última portada de LEquipe lo encara antes del pitazo inicial. "Bienvenidos a Estados Unidos", dice, con Trump moviendo los hilos de un Infantino convertido en marioneta y el árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan mostrando la tarjeta amarilla desde el margen de la fiesta. La FIFA prometió el Mundial más inclusivo y uno de sus árbitros quedó fuera por decisión migratoria del país anfitrión.

La escena reciente de Vancouver ya lo había mostrado sin remate. En el Congreso de la FIFA quiso sentar ante las cámaras a representantes de Israel y Palestina, como si el conflicto pudiera resolverse con una foto y dos manos obedientes. Jibril Rajoub se negó a estrechar la mano del representante israelí. Infantino quedó con la sonrisa colgando: algunas costuras no cierran aunque se tire fuerte del hilo.

Ese es su enigma. El niño de la bandera cosida gobierna un fútbol que se le parece: sentimental en el discurso y feroz en la factura. Une cosas destinadas a rajarse: Putin, Medio Oriente, Trump; los barrios y las suites; la pelota y la geopolítica. Su madre juntó tres telas para inventar una patria portátil. Él junta poderes que se repelen y los llama Mundial.

Y no es cuento: el equipo más salvaje del mundo

08-06-2026 · página 6 · Esteban Abarzúa

Estos cracks perderían partidos increíbles. Discutirían el sistema, escribirían cartas al árbitro, pedirían vino en el minuto de hidratación, convertirían cada derrota en una teoría.

Una vez le pregunté a Roberto Fontanarrosa por su pasado de futbolista y contestó como si devolviera una pared. Había jugado. ¿De qué? De 8, dijo, con una precisión que parecía autopsia: sin marca y sin llegada. Luego sacó la frase que siempre llevaba en el bolsillo: "Sólo tengo dos problemas para jugar al fútbol. Uno es mi pierna izquierda. El otro es mi pierna derecha". Yo insistí con una teoría probablemente indefendible: en la cancha se revela el escritor. Allí se sabe quién toca de primera, quién gambetea de más, quién pide la pelota cuando el partido arde. Pregunté lo único que me importaba. ¿Usted pegaba patadas, Fontanarrosa? El Negro sonrió. "Soy tan malo que ni siquiera sé pegar patadas".

A Eduardo Sacheri le tendí la misma trampa años después. Venía de una novela convertida en película, de un Oscar y de esa frase que el fútbol adoptó como contraseña: quienes creen que el juego nada tiene que ver con la vida entienden poco de ambas cosas. Sacheri jugaba de defensor central, dijo. El dato prometía rudeza. Luego llegó la decepción: tampoco pegaba. Un central incapaz de repartir leña debería pertenecer a la zoología kafkiana: un odradek con canilleras.

Javier Marías, antes del Mundial de 2006, armó una selección de escritores favoritos en el diario El País. Puso a Vladimir Nabokov o Albert Camus en el arco. Sumó a Dashiel Hammett y Malcolm Lowry como centrales, a Ramón del Valle-Inclán y Henry James como laterales. En el medio ubicó a Thomas Mann, Marcel Proust y William Faulkner; arriba, a Joseph Conrad, Thomas Bernhard y a Giuseppe Tomassi di Lampedusa. El equipo tenía prestigio, biblioteca y mal humor. Le faltaba fútbol de verdad: potrero y Sudamérica, que son lo mismo.

Si vamos a jugar, juguemos con gente que haya mojado una camiseta. En el arco hay abundancia. Nabokov y Camus pasan el achique, pero perderían la titularidad ante Sir Arthur Conan Doyle: atajó en el AFC Portsmouth con el seudónimo de A.C. Smith mientras afinaba en la pluma las primeras novelas de Sherlock Holmes. Alfredo Bryce Echenique merece banco de lujo: jugó por Universitario un amistoso infantil en el Estadio Nacional de Lima, aunque dejó sospechas en "Permiso para vivir" cuando confesó que le gustaba jugar el primer tiempo por un equipo y el segundo por sus rivales. Roberto Bolaño decía que le atajó un penal a Vavá a los 9 años en Quilpué, pero, imaginación aparte, afirmaba que el autogol es la obra perfecta.

Atrás formamos con dos argentinos y dos italianos. Ernesto Sabato fue full back en inferiores de Estudiantes y llevó al fútbol una gravedad de profeta laico: admiraba el fóbal antiguo, cuando una barrida podía parecer una disputa metafísica. Sacheri lo acompaña, ya sabemos que de perdonavidas. Michele Mari va por la derecha: milanista, obsesivo, autor de un cuento donde las pelotas perdidas tienen más historia que los jugadores. Alessandro Baricco toma la izquierda: en "Los bárbaros", de hecho, se recuerda bien atrás cuando sucedía el resto del juego y admite la duda existencial de subir a celebrar los goles de su equipo por temor a llegar tarde, "como emborracharse cuando los demás ya están volviendo a casa".

El mediocampo es un congreso de diestros que deben reconvertirse en mixtos. Fontanarrosa se gana el puesto por sinceridad, con Nelson Rodrigues afirmado por sus crónicas legendarias y su claridad en el juego: el peor ciego del fútbol mira solamente la bola. Mohamed El Khatib completa la línea: hijo de inmigrantes, seleccionado juvenil de Francia, tentado por el PSG a los 18 años y dramaturgo que llevó al escenario la tribuna del Lens. Tres ochos juntos parecen un problema táctico. También una promesa: nadie sabe defender, todos tienen algo que inventar.

Arriba se juega con hambre. El 9 es Osvaldo Soriano, punta de lanza antiguo, centrodelantero de equipos infames en la Patagonia. De wing derecho va Juan Villoro, básicamente por sostener la teoría de que Dios es redondo. En la izquierda hay paño para Javier Marías, dueño de uno de los mejores títulos en la historia de los libros de fútbol: "Salvajes y sentimentales". Pero aquí sobran variantes, empezando por Pier Paolo Pasolini, un zurdo que solía jugar a pie cambiado como ala diestra, poeta de muslos tensos y capaz de transformar un pique corto en manifiesto. Ya por si falta experiencia se pueden sumar Günter Grass y los puntetes confesos de Camilo José Cela.

Estos cracks perderían partidos increíbles. Discutirían el sistema, escribirían cartas al árbitro, pedirían vino en el minuto de hidratación, convertirían cada derrota en una teoría. Pero todos jugaron a la pelota de verdad y también tendrían algo que los equipos perfectos han extraviado: la certeza de que jugar es revelar una infancia. En la cancha nadie corrige estilo. El balón llega y exige una respuesta inmediata. Algunos lo devuelven limpio. Otros lo esconden. Otros se caen solos.

Paren todo: la mejor foto oficial del Mundial

06-06-2026 · página 18 · Esteban Abarzúa

Mil años después del hijo de Erik el Rojo, América vuelve a quedar al frente, y la Landslaget parece lista para dejar señales en la costa.

Noruega eligió volver al Mundial a través de una puerta antigua. Veintiocho años después de Francia 98, la Landslaget aparece frente al agua quieta, con montañas al fondo, lanzas al cielo, escudos en primera línea y un muelle de madera, la bryggja, apuntando hacia un langskip. Ese barco largo que espera como si hubiera estado ahí durante siglos. La foto oficial tomada por David Yarrow, trabajada cerca de Oslo y enriquecida con paisajes de Gudvangen, convirtió la clasificación en relato de origen. Todo está ahí: el fiordo, la nave, las cuerdas, los barriles, el clan armado. La pelota se retira para que el viaje ocupe el cuadro.

América ya tuvo vikingos. Hace mil años, Leif Erikson, hijo de Erik el Rojo, cruzó hacia Vinland y dejó en el norte del continente una huella anterior a las grandes epopeyas escolares. Noruega vuelve ahora con otra tripulación, lista para entrar en un calendario global de cámaras, himnos y rivales en guardia. El Mundial de 2026 queda al otro lado del mar como una costa prometida. La frase que acompaña la imagen: "Norway is coming". El aviso de un nuevo desembarco.

El goleador Erling Haaland ocupa su sitio natural: el del golpe. Rubio, enorme, vestido con cuero oscuro, brazales y cinturón ancho, parece un drengr de saga: un guerrero cuya arma principal es el cuerpo. En otro futbolista la armadura habría pedido ayuda al espectador. En él la utilería se rinde. No necesita levantar un hacha ni mostrar una espada. Basta su presencia para imaginar el primer choque, la tabla quebrada, la orilla tomada.

Martin Ødegaard sostiene el minnis-horn o cuerno de la memoria. Con ese gesto, la escena entra en el rito. El capitán de Noruega aparece como el hombre del brindis previo a la partida, para encomendarse a los dioses o a los difuntos. Su capa azul lo acerca a Odín. La piel sobre los hombros y la calma de la mano elevada sugieren mando sin estruendo. En ese cuerno caben la hidromiel imaginaria, el pacto, la promesa de volver con algo más que una camiseta de recuerdo.

Oscar Bobb afirma el skjoldr blár: el escudo azul. Nacido en Oslo, hijo de una Noruega contemporánea y plural, ensancha la postal. El vikingo deja atrás la fantasía de sangre única y recupera su condición de palabra costera: viaje, comercio, mezcla, navegación. Sobre el azul serpentea una figura blanca, quizás el dreki, animal antiguo del arte nórdico. Ese escudo protege una tripulación viva.

La foto conoce sus trucos. Ødegaard fue incorporado después; el paisaje fue compuesto; Gudvangen aportó esa aldea viva donde el pasado puede tocarse con las manos. Toda foto oficial inventa algo para decir mejor lo que desea contar. Esta inventa una escena anterior al fútbol: el instante en que los hombres todavía no cruzan, todavía no juegan, todavía no desembarcan.

Ahí está su fuerza. Noruega se fotografía en la pausa previa a la travesía. El cuerno se levanta, el escudo se afirma, el barco espera. Mil años después del hijo de Erik el Rojo, América vuelve a quedar al frente, y la Landslaget parece lista para dejar señales en la costa.

Qué gana uno cuando sabe perder

25-05-2026 · página 9 · Esteban Abarzúa

Correa sabe de eso. Ha tragado saliva en semanas oscuras, ha mirado desde afuera, ha sentido el cuerpo como una puerta cerrada. Sus goles salieron de una memoria trabajada a golpes.

El Claro Arena amenazó con transformarse de entrada en un lugar de pesadilla para Colo Colo: pasto sintético convertido en jabón, pelota enemistada con los botines albos y la UC presionando donde el equipo de Fernando Ortiz necesita respirar. Arturo Vidal caminaba por una casa a oscuras. Juan Francisco Rossel parecía haber llegado con esquíes. Resbalaba el resto, él avanzaba. A los ocho minutos, su desborde terminó en el autogol de Vidal y el partido tomó olor a noche extraviada.

Luego vino la pausa que nadie quiere ver. Un hincha cruzado necesitó atención urgente en la tribuna y el fútbol quedó en su sitio verdadero: bastante más abajo que la vida. La ambulancia, el frío, los jugadores mirando hacia un costado, el público suspendido. Algo se quebró ahí. La UC había entrado con fuego en los ojos y volvió con cenizas. Quizás la imagen de uno de los suyos en peligro les movió el piso. Quizás asomó Boca, esperando el jueves en Buenos Aires. Quizás fue solo el frío.

Al regreso, Rossel ya no cortaba el aire como antes y Clemente Montes dejó de ser amenaza. Colo Colo, que hasta entonces defendía como quien intenta atrapar platos cayendo de una repisa, empezó a poner las cosas en su sitio. No necesitaba una sinfonía, sino una dirección. La dirección era Javier Correa.

Su primer gol pareció venir de otro partido. En términos de guion, fue un plot twist: ese giro inesperado que cambia el sentido de la historia y obliga a mirar de nuevo todo lo anterior. Correa recibió cerca del rincón, donde los delanteros suelen pedir auxilio. Llevaba encima el frío y el apuro de un equipo que se hundía. Se fue cerrando con el balón pegado al pie, como si arrastrara una mecha encendida. Nadie esperaba el disparo. Tal vez ni el estadio, que por un segundo guardó ese silencio previo a las cosas irreparables. Entonces se recortó y sacó el misil. La pelota salió con una violencia limpia y se clavó arriba, en el lugar donde se anidan los miedos de Vicente Bernedo. El arquero voló tarde, la red recibió el golpe y el 1-1 dejó al Claro Arena con la boca abierta.

Tres minutos después, Leandro Hernández le dio la asistencia justa, sin adornos. Correa definió el 2-1 y se fue al descanso con dos goles y una molestia muscular. Volvió solo para recibir el premio y hablar desde el lugar más antiguo del fútbol: el del que hizo los goles.

"Hay que saber perder", dijo. La frase cayó en una noche donde todos necesitaban oírla, incluso los que ganaron. Saber perder es entender que la rabia también tiene reglamento, que el festejo ajeno duele porque antes dolió el propio, que el fútbol permite la furia y a la vez exige una forma de dignidad. Correa sabe de eso. Ha tragado saliva en semanas oscuras, ha mirado desde afuera, ha sentido el cuerpo como una puerta cerrada. Sus goles salieron de una memoria trabajada a golpes.