No volverás a burlarte de ellos
Tras el gol los jugadores celebraron con el fimbu, el látigo imaginario que acompaña las victorias congoleñas.
El cabezazo de Yoane Wissa cruzó el arco portugués y siguió viajando en el tiempo. Fue el primer gol congoleño en una Copa del Mundo, el punto inicial en la tabla y una pequeña rectificación de la memoria. Durante cincuenta y dos años, el Mundial había conservado a Zaire en una escena de cinco segundos: Mwepu Ilunga saliendo de la barrera y pateando el balón antes del tiro libre de Brasil. El fútbol, con un dejo de racismo, se ha reído de esa escena desde entonces, por exótica e incomprensible.
En "Muerte o gloria", Jon Spurling entrevistó a Ilunga y encontró otra película: lo hizo a propósito, para quemar tiempo. Los jugadores congoleños habían recibido la amenaza de que, si Brasil les marcaba más de tres goles, jamás volverían a ver a sus familias. "Estábamos jugando por nuestras vidas", explicó el defensor. Su carrera quedó reducida a una broma televisiva. ¿Y su miedo? Fuera de cuadro. Al final de la conversación con Spurling dejó una frase que parece escrita en la tierra: "Si pudiera hacerlo todo otra vez, habría preferido esforzarme por convertirme en agricultor".
El Congo conoce esa clase de encuadre. Bélgica exhibió congoleños en zoológicos humanos y todavía en la Expo de 1958 levantó una aldea para contemplarlos detrás de una frontera invisible. Allí murió Juste Bonaventure Langa, un bebé de ocho meses. El novelista In Koli Jean Bofane recuerda un proverbio capaz de explicar esa historia: "Nadie ve las lágrimas de un pez".
Los belgas también llevaron el fútbol a Kinshasa. El sacerdote Tata Raphaël lo convirtió en escuela, torneo y arquitectura urbana. Su nombre quedó en un estadio concebido para cerca de setenta mil personas. El joven Joseph-Désiré Mobutu pasó por Sainte-Anne de Léopoldville, dentro del sistema educativo impulsado por aquel misionero. Alumno fugitivo y arquero entusiasta, en un momento difícil de su vida regresó a clases solamente por el placer de ponerse bajo los palos. El fútbol devolvió al futuro dictador a su hoja de ruta. Años después, ese muchacho convirtió al país en un partido sin salida.
Mobutu eligió el nombre Zaire dentro de su campaña de "autenticidad". La palabra procede de una deformación portuguesa de nzadi: "El río que traga todos los ríos". El nombre africano llegaba filtrado por Europa, una ironía adecuada para un régimen que prometía descolonización mientras saqueaba cobre, cobalto, uranio, oro y diamantes. En el Congo las riquezas suelen brillar hacia afuera. Sus diamantes han financiado fortunas ajenas; sus nuevas estrellas también crecieron lejos: Romelu Lukaku, Youri Tielemans, Dodi Lukebakio y Nathan Ngoy juegan este Mundial por Bélgica; Jean-Philippe Mateta, por Francia. Todos tuvieron una puerta congoleña en su árbol genealógico.
Ahora la selección de Sébastien Desabre reunió otra diáspora y la convirtió en equipo, con el auténtico nombre de República Democrática del Congo. Tras el gol los jugadores celebraron con el fimbu, el látigo imaginario que acompaña las victorias congoleñas. Esta vez el gesto no castigaba a nadie. Sacudía el polvo de 1974, la dictadura de Mobutu, el saqueo y las guerras de dimensión genocida que vinieron después.
Wissa aterrizó sobre el césped y el Congo volvió a caer de pie. Aún quedan partidos, derrotas posibles y cuentas pendientes. Ya existe una imagen distinta: once hombres bailando con orgullo y alegría, dueños por fin del encuadre. La historia puede reescribirse así, con la cabeza. El balón reordena los archivos.