Irán atajó hasta la humillación de la FIFA
Esta selección hizo honor a una competencia que no le dio cuartel en nombre de la política. Alireza Beiranvand, el muchacho cubierto de monedas, regresa con las manos vacías y la frente alta. A veces, es una forma de atajar.
Alireza Beiranvand llegó al Mundial con la costumbre de dormir incómodo. Antes de ser el arquero de Irán fue un niño nómada de Lorestán, pastor, fugitivo de la voluntad paterna, muchacho perdido en Teherán, trabajador de fábrica, lavador de autos, barrendero. Una mañana despertó cerca del club donde probaba suerte y encontró monedas sobre su cuerpo: lo habían tomado por mendigo. Años después le atajó un penal a Cristiano Ronaldo, en 2018, lanzándose hacia su izquierda, y entendió que la infancia también sirve para escoger un lado.
En el cine iraní ya existía ese niño condenado a sufrir por el fútbol. En "El viajero", de Abbas Kiarostami, Qassem quiere llegar desde Malayer a Teherán y deja una frase de escolar castigado: "El profesor sólo nos va a pegar". Beiranvand ya conocía esa gramática: deseo, viaje, castigo, cancha. Jafar Panahi la llevó más lejos en "Offside", donde unas mujeres se disfrazan de hombres para entrar al estadio Azadi: un país explicado por una puerta cerrada. Panahi fue condenado por el régimen y sólo pudo seguir filmando clandestinamente.
Cuando Irán se clasificó, el 25 de marzo de 2025, el líder supremo era Alí Jamenei. El Mundial lo jugó este junio con Mojtaba Jamenei como líder y heredero de una guerra que mató a su padre. Entre una fecha y otra, Donald Trump, el petróleo, Ormuz y la Guardia Revolucionaria también convirtieron el juego del fútbol en un mapa de operaciones. En los últimos días, mientras se hablaba de tregua, volvieron las bombas y los drones, ataques a cargueros y amenazas de "terminar el trabajo". Ni siquiera a un guionista loco se le habría ocurrido que la selección de un país tuviera que ir a hacer deporte a la tierra de otro con el que estaba en guerra.
Irán jugó tres partidos en Estados Unidos y no perdió ninguno: 2-2 con Nueva Zelanda, 0-0 con Bélgica, 1-1 con Egipto. Vivían aislados en Tijuana, alojados en México para jugar al otro lado de la frontera. De Tijuana a Los Angeles y de Tijuana a Seattle: tres viajes de ida y vuelta, con papeleo, detectores de metales y controles biométricos. Todo eso a 13.400 kilómetros de Ormuz hasta Tijuana; 13.250 a Los Angeles; 11.766 a Seattle.
Beiranvand aguantó la portería como quien aguanta la puerta durante un bombardeo. Ante Bélgica hizo siete atajadas y recibió la ovación de una hinchada dividida entre orgullo, protesta y exilio. En el minuto 59 le sacó un tiro a quemarropa a De Cuyper que debería ser la mejor salvada del Mundial. En las tribunas aparecieron banderas del León y el Sol, anteriores a la Revolución de 1979, de iraníes que rechazan ver al Team Melli como propaganda. Beiranvand seguía siendo el mismo: alto, elástico, con ese saque largo que parece una piedra lanzada desde Lorestán.
Gianni Infantino entró al camarín después del debut ante Nueva Zelanda para elogiar a los jugadores y prometer apoyo. La mayor humillación consiste en que te mientan con una sonrisa. El capitán Mehdi Taremi lo dijo después de Egipto, exhausto y furioso: "Es un desastre". También preguntó: "¿Quién quiere ayudarnos?". Y cerró su mensaje con rabia: "Tenemos que luchar contra todo".
A Irán le anularon dos goles por VAR, ante Bélgica y Egipto. En el último suspiro de su último partido alcanzó a celebrar incluso la clasificación, pero la línea automática del offside le devolvió el destino como una bofetada. El fútbol de hoy mide la tragedia con una tecnología desalmada.
Sin lapsus groseros de conducta, con notas manuscritas después de los partidos, resiliencia inesperada en una generación de treintañeros y veteranos y un rendimiento sólido en el campo, Irán le hizo justicia a su historia. A la del fútbol y, a través de este, a la de su pueblo. En Los Angeles escribieron: "Llegamos con orgullo, competimos con honor y nos vamos con dignidad". En Seattle dejaron un número y un hashtag: 168, #Minab. Un recuerdo final a las víctimas inocentes de la escuela que recibió una bomba por error.
La eliminación llegó desde un partido que no jugaban, casi con ensañamiento. Argelia puso el 3-2 ante Austria en Kansas y, por unos segundos, Irán entró al futuro como mejor tercero. Luego Austria sacó un centro y empató 3-3. Todo eso en tiempo agregado. Así se fueron los iraníes: invictos, agotados, sin el favor de nadie, con el dolor de un gol borrado por un dedo del pie y el golpe de un agónico empate ajeno. Los problemas seguirán ahí, dentro y fuera de su territorio, entre las bombas enemigas y la ausencia de democracia.
Esta selección hizo honor a una competencia que no le dio cuartel en nombre de la política. Alireza Beiranvand, el muchacho cubierto de monedas, regresa con las manos vacías y la frente alta. A veces, es una forma de atajar.