Siuuu: que nadie te dé por muerto
Contra Congo lo dieron por vencido. Algo parecido escuchó Messi después de Arabia Saudita hace cuatro años. Son hijos de la postverdad y del postfútbol.
Cristiano Ronaldo volvió a salir de un túnel. Ante Uzbekistán apareció como un viejo boxeador que escuchó demasiadas veces la palabra retiro. A los 6 minutos empujó un centro bajo de João Cancelo. Luego recibió de Bruno Fernandes y puso la pelota en el rincón lejano. Portugal ganó 5-0 y él se convirtió en primer futbolista en marcar en seis mundiales.
La teoría del día anda desbocada: Messi siempre fue mejor, Cristiano fue una exageración de gimnasio. Resulta cómodo escribirlo ahora, cuando el milagro argentino llegó después de los 35 y permite corregir el pasado como si el destino hubiese estado impreso en la camiseta. Hace diez años no existía esa certeza. Cristiano era campeón de Europa con Portugal a los 31. Messi, de 29, había renunciado a Argentina tras perder tres finales, dos de ellas contra Chile. En el Balón de Oro iban 5-4 para Messi, separados por una votación donde el elector posa ante su propio espejo.
Messi representaría modestia, colectivo, discreción; Cristiano, dominio, autoafirmación, excelencia individual. Mourinho lo mandó más lejos: "Cristiano no es de Madeira, es de Marte". Luca Caioli, biógrafo de ambos, recogió una broma apócrifa que los sienta en un sofá. Ronaldo dice: "Dios me envió a la Tierra para enseñar a la gente a jugar al fútbol". Messi responde: "No seas tonto, yo no he enviado a nadie".
Cristiano eligió Arabia Saudita. Messi fue a Estados Unidos. Quizá ahí estuvo el error narrativo: despreciar la liga del futuro inminente y creer que la competitividad tardía vivía en el desierto, donde llegaron Benzema, Kanté, Neymar y Firmino. Miami ofrecía playa con Apple TV y una liga para vender el porvenir. Arabia ofrecía petróleo, goles y distancia respecto del negocio.
Cristiano también eligió vivir como Cristiano. Yates, joyas, relojes, marcas, aviones, gimnasios privados y Georgina al lado, la pareja perfecta de un anuncio interminable. Cada foto parece decir que la vida se ganó antes del partido. Esa ostentación lo vuelve más vulnerable: al genio callado se le perdona el misterio; al millonario perfecto se le exige gol.
Después de Uzbekistán dejó una frase que lo retrata de la cabeza a los pies: "Dios ayuda a los que trabajan duro. Fue una semana difícil, una semana oscura. Sentía que ya estaba retirado del futbol, pero aguanté como siempre porque creo en el trabajo duro más que en el futbol". También le pidieron que hablara de Messi, pero decidió pasar de la pregunta por ridícula.
Ahora el Mundial parece una feria de goleadores: Messi, Haaland, Harry Kane, Mbappé. Faltaba el veterano acusado de ocupar demasiado espacio en la fotografía. Contra Congo lo dieron por vencido. Algo parecido escuchó Messi después de Arabia Saudita, hace cuatro años. Son hijos de la postverdad y del postfútbol: sus partidos duran noventa minutos, sus juicios una eternidad en redes. Cristiano tiene 667 millones de seguidores en Instagram; Messi, 509.
Portugal no es candidato por tener a CR7, advierten los prudentes. Ante Uzbekistán encontró dos veces la llave. En la última función, la balada exige que el actor vuelva al escenario cuando el público ya preguntaba en el chatbot quién lo iba a reemplazar.