Desagradable homenaje a Rocky Balboa
Paraguay entendió el escenario con demasiada literalidad. En la era del fútbol en cuatro tiempos pidió doce rounds contra Francia.
Filadelfia merecía una pelea limpia por razones de museo. A cincuenta años del estreno de "Rocky", la ciudad saca pecho en el viejo Spectrum, donde Balboa aprendió a perder de pie, y en la estatua que convierte turistas en boxeadores de diez segundos. Los sudamericanos, de hecho, llegaron a cumplir el rito, comenzando por los hinchas de Ecuador. Pero su selección perdió ahí con Costa de Marfil y los mal hablados de siempre desempacaron una muletilla regional: mufa. Al día siguiente un brasileño vistió a Rocky con la camiseta de Argentina.
Paraguay entendió el escenario con demasiada literalidad. En la era del fútbol en cuatro tiempos pidió doce rounds contra Francia. Entró a la cancha con la guardia alta, los codos en punta y una fe antigua en el clinch. Les Bleus buscaban la pelota; los albirrojos, el cuerpo que venía con ella. "Eye of the Tiger" sonaba en guaraní dentro de la cabeza de cada pupilo de Gustavo Alfaro. Es lo que pasa con la saga de Rocky: ofrece la historia de un boxeador ceniciento que aprovecha la oportunidad de su vida y también muestra en su tercera entrega a Clubber Lang ensuciando la pelea antes de que suene la campana. Paraguay quiso ser ambos.
Matías Galarza fue el encargado de bajar a Kylian Mbappé del cuadrilátero. Venía con una biografía útil: en su familia todos eran arqueros, gente de guantes, pero guantes para atajar, no para boxear. Su abuelo había enfrentado a Pelé, de modo que el apellido ya conocía esa tarea imposible. Galarza eligió otro método. Persiguió a Mbappé como si se hubieran cruzado en un callejón a la salida del Defensores del Chaco, en Asunción. Le midió la carrera, el hombro, la nuca, la paciencia.
Mbappé no compró la entrada al barro. Aguantó provocaciones con la serenidad del campeón que sabe que una reacción suya sería el único triunfo verdadero del retador. Cuando llegó el penal, lo pateó como si hubiera contado toda la noche los golpes ajenos para cobrar el definitivo.
El árbitro uzbeco Ilgiz Tantashev hizo de juez de ring dormido. En "Sobre el boxeo", Joyce Carol Oates escribió: "El tercer hombre en el ring hace posible el boxeo". El árbitro, pero este sábado en Filadelfia ese hombre hizo posible otra cosa: que el antifútbol se robara la película. No hubo amarillas para Paraguay. Ni una. Parecía un partido anterior a la era de la televisión.
Chile conoce esa vergüenza. En 1962, David Coleman presentó en la BBC la Batalla de Santiago entre la Roja e Italia como "the most stupid, appalling, disgusting and disgraceful exhibition of football, possibly in the history of the game". Cuatro años después, en Wembley, Alf Ramsey llamó "animals" a los argentinos tras la expulsión de Antonio Rattín. Eran otros tiempos, pero en 2026 el show de Filadelfia resulta inexplicable. El partido más desagradable en la era del VAR.
A Paraguay le había servido contra Alemania moverse en esa cornisa: cerrar el paso, convertir la inferioridad en disciplina. Contra Francia exageró el remedio hasta parecer enfermedad. Galarza terminó como falso boxeador; Paraguay, de resistente admirable, pasó a homenaje involuntario de Clubber Lang. Norman Mailer, en "El combate", lo explicó mucho antes: "La mejor maniobra puede quedar muy cerca de la peor".