Mefistófeles arrastrando a Margarita hacia la oscuridad
Toda picardía conserva prestigio hasta que la derrota le descubre la cara: el color que definió a Fernández quedó claro cuando el árbitro ya se vio obligado a expulsarlo.
Ishaan Tharoor llegó a la víspera de la final con una traición redactada. Había crecido admirando a la Argentina de Maradona y terminó publicando en The New Yorker una despedida: "No quiero llorar por ti, Argentina". Su tesis sostenía que el héroe periférico había engordado hasta parecerse al poder que desafiaba. Veía favoritismos, racismo y modales de dueño de casa. Para Tharoor, columnista habitual del Washington Post, el equipo de Messi había cambiado de papel: "Si hay un villano en este Mundial, ha sido Argentina". La final aún no empezaba y ya tenía culpable.
La respuesta llegó desde La Nación, en Buenos Aires. El cientista político Luis Schiumerini publicó "Nadie tiene que llorar por Argentina" y acusó a Tharoor de aceptar a los países periféricos mientras pierden con dignidad y decoran la fiesta ajena. Cuando ganan pasan al banquillo de los sospechosos. Su frase resumió la defensa: "La Argentina no se sumó al establishment; apenas dejó de perder contra él". Las faltas del sur aparecen como barbarie; las del norte reciben nombres más nobles, carácter u oficio. Entre ambas columnas quedó la pregunta: cuánto había de prejuicio y cuánto de espejo.
La cuenta Art But Make It Sports, que se viralizó durante el Mundial por su comparación de fotografías de fútbol con obras de arte antiguas, encontró respuesta en una imagen. Puso la entrada de Enzo Fernández sobre Pau Cubarsí junto a "Mefistófeles", óleo de Joaquín Espalter y Rull de 1872. El demonio vestido de rojo levanta una máscara y arrastra a Margarita hacia la oscuridad. Toda picardía conserva prestigio hasta que la derrota le descubre la cara: el color que definió a Fernández quedó claro cuando el árbitro ya se vio obligado a expulsarlo.
España salvó el fútbol siendo más España que nunca: monopolizó la pelota y confió en que la geometría encontraría una rendija, como Andrés Iniesta en 2010. Argentina confirmó la caricatura siendo más Argentina que nunca: cerró espacios, discutió, repartió patadas y esperó los penales como una herencia. Unai Simón no tuvo atajadas. Los argentinos tampoco patearon a su arco; reservaron la puntería para las piernas rivales. Leandro Paredes entró con vocación de notario, recibió amarilla y siguió firmando faltas. El juez Slavko Vincic administró el desorden con tibieza burocrática. Paredes jugó de regalo. Una expulsión a tiempo quizá habría salvado a Enzo: el árbitro difícilmente habría dejado a Argentina con nueve antes del alargue. Enzo merecía irse; el espectáculo podía obtener indulgencia.
España tampoco ofreció un recital. El tiquitaca vistió ropa de trabajo. Rodri gobernó la cancha con un imperio sin aspavientos: recibía, giraba, ordenaba y devolvía cada ataque a su sitio. Nicolás Tagliafico persiguió a Lamine Yamal como quien apaga una chispa con los estoperoles. El adolescente apareció a cuentagotas y dejó su huella en la maniobra del gol, continuada por Pedro Porro, Nico Williams y Ferran Torres. Messi vivió entre sombras durante noventa minutos y asomó en el alargue, cuando el partido ya exigía fantasmas. Al final, con el resultado adentro, Nicolás Otamendi se enredó con Rodri y Paredes derribó a Gavi. España protegió la Copa del Mundo del último sabotaje.
La escena tenía un antecedente incómodo. En Italia 90, Argentina llegó a la final después de eliminar al anfitrión y eligió sentir compasión por sus heridas. Brian Glanville, historiador por excelencia de los mundiales, llamó a aquella definición "la peor, más tediosa y malhumorada" de la historia. Franz Beckenbauer, DT de Alemania, remató: "No recuerdo una sola ocasión de gol de Argentina". Maradona dejó una defensa más humana: "Los alemanes llegaron enteros. Nosotros jugamos en llantas". En East Rutherford volvió un campeón contrahecho. Su gran partido había ocurrido ante Inglaterra en Atlanta; Lautaro Martínez marcó allí el gol decisivo. El héroe miró la final desde la banca. ¿Por qué no entró? La primera respuesta irritará en Argentina: Lionel Scaloni temía más perder el empate que quedarse sin gol.
Si Ferran no anotaba, Dibu Martínez podía llevar el partido a los penales y levantar la Copa desde una epopeya personal. Habríamos tenido héroe, lágrimas y estatua. ¿Dónde quedaba el fútbol? Martín Caparrós escribió con ironía después del partido, en su columna de El País: "Por desgracia, a veces la justicia es justa". También reveló una idea escrita por él mismo antes del partido: "Yo no creo en los caracteres nacionales". Las palabras sobre argentinos orgullosos, ventajeros, resilientes o tramposos le parecían una coartada patriótica. Tiene razón: un país jamás cabe en once futbolistas. Durante ciento veinte minutos, once futbolistas sí cupieron con comodidad en el prejuicio. España encontró el gol; Argentina encontró el espejo.