Este era el fútbol del futuro
Juan Tallón explicó el cómo en la España de Andrés Iniesta, tras su gesta de 2010: "Trasladar la pelota de un lugar inofensivo a uno fatídico".
La guerra y el fútbol producen historia con admirable economía: el resultado elimina el viaje. En la guerra escriben los vencedores; en el fútbol también redactan los derrotados. Argentina llegó a la final con ese capital narrativo: La Nuestra, Messi, el Dibu, la patria entendida como una marca personal con permiso para la patada si hacía falta.
Todo habría cambiado sin el gol de Ferran Torres. O bastaba que Pau Cubarsí llegara tarde al centro de Giovanni Simeone. España se habría resignado otra vez a ser La Mecedora de los mundiales: esa España aburrida que encuentra en el pase una excusa para fracasar.
Escocia inventó el pase como estrategia hace ciento cincuenta años; España le añadió cadencia, método y personalidad. El Kick and Rush, el Catenaccio, el Totaalvoetbal y el Jogo Bonito ya tenían mesa propia en el restaurante de las ideas. El Tiquitaca acaba de sentarse con ellos después de ganar su segundo Mundial. Hay otras ramas, sin duda, pero esos cinco credos resumen el arte: avanzar, cerrar, ocupar, improvisar y pasar.
Juan Tallón explicó el cómo en la España de Andrés Iniesta, tras su gesta de 2010: "Trasladar la pelota de un lugar inofensivo a uno fatídico". Ahí vive hoy la doctrina. El balón parece distraído hasta que encuentra el cuchillo. Louisa Thomas lo llamó este domingo "El bello equilibrio de España" en The New Yorker: circulación de lado a lado, presión inmediata y paciente, disciplina para conservar la figura.
El Mundial de las Estrellas terminó en manos de un andamiaje. Lamine Yamal ofrece mito industrial como Lionel Messi y Kylian Mbappé: lo que tanto le gusta a la FIFA. Pero la épica pertenece a los relevos. Rodri bloquea, perfila, cubre y fabrica espacios con balón o sin él. La solidaridad argentina pone la cara o el puño por el compañero. La española aparece antes, cuando alguien ocupa el lugar que el otro dejará vacío.
España quiso ser la Furia Roja desde que José María Belauste gritó en Amberes 1920: "¡Sabino, a mí el pelotón, que los arrollo!". Durante décadas aquella promesa produjo más hematomas que gloria. Su mayor recuerdo mundialista era Luis Enrique con la nariz rota por Mauro Tassotti en Foxborough, cerca de Boston, en 1994. Esta vez recibió la Copa del Mundo de manos de Donald Trump en East Rutherford: la mejor noticia española en Estados Unidos desde que William Randolph Hearst los echó de América con una frase que aún habría cobrado vigencia en la batalla contra Argentina: "Tú pon las imágenes y yo pondré la guerra".
Luis Aragonés cambió la furia por el pase. Vicente del Bosque le dio un Mundial. Pep Guardiola refinó el Juego de Posición hasta volverlo idioma universal. Luis de la Fuente recibió esa herencia después de ser desahuciado por el Alavés de Segunda B en 2011, empezar de cero en la federación y ganarlo todo durante los quince años siguientes. Conviene que los clubes miren esa biografía antes de despedir al próximo hombre silencioso.
El Tiquitaca ya tiene linaje, mártires, apóstoles y dos mundiales. Entre todas las escuelas es la que más valor concede al trabajo colectivo. Hasta Chile fue campeón de América, dos veces, con un fútbol mellizo. Era el fútbol del futuro.