Ángeles con caras sucias
Debe haber ciertos lugares del planeta donde ocurre el auténtico milagro del fútbol. Si el mundo conserva santuarios para esa fe, varios quedan en Argentina.
El gol de Lautaro Martínez en Atlanta calca el de Gary Lineker en Ciudad de México cuarenta años atrás. El centro de Lionel Messi recuerda el envío de John Barnes: la pelota viaja al segundo palo y un delantero la cabecea entre dos defensores tardíos. En ambas escenas, un equipo protege la ventaja con el cuerpo y el otro amontona hombres en el área, confiado en que el destino puede entrar por arriba. El parecido, sin embargo, se agota en la geometría.
Argentina ganó en 1986 y en 2026 porque sus futbolistas guardan una brasa para cuando el partido huele a desastre. Inglaterra aportó primero candidez y después pánico. Cuando los fantasmas del Azteca bajaron a Atlanta, los Tres Leones dejaron de rugir y permitieron que Messi administrara el miedo. Darle tiempo y espacio al genio equivale a dejar que decida el destino de todos en el campo de batalla.
Después del triunfo, Lautaro recordó los primeros botines que le regaló su padre. Mario "Pelusa" Martínez fue un lateral izquierdo modesto: cinco temporadas en la B y años en clubes semiprofesionales del interior, con la familia detrás de cada mudanza. Las lágrimas de Atlanta venían del potrero y del sudor acumulado entre Bahía Blanca, Punta Alta y Olavarría.
Esto puede ser un recurso fácil. A fin de cuentas, cada jugador carga sacrificios y derrotas domésticas. También los europeos, pero debe haber ciertos lugares del planeta donde ocurre el auténtico milagro del fútbol. Si el mundo conserva santuarios para esa fe, varios quedan en Argentina: canchas sin pasto, paredes descascaradas y padres que entregan unos zapatos sin sospechar que correrán hacia la final de un Mundial.
En el subtítulo de "Angels with Dirty Faces", el autor inglés Jonathan Wilson anuncia "cómo el fútbol argentino definió a una nación y cambió el juego para siempre". El país, explica, elaboró un mito de "virtuosismo, autosuficiencia y astucia". Richard Williams, en The Guardian, llamó a la rivalidad "un conflicto eterno entre la picardía argentina y la ingenuidad inglesa". En el Azteca, esa inocencia fue esperar que la ley descubriera la mano y que cinco hombres pudieran quitarle limpiamente la pelota a Maradona.
Atlanta ofreció otra candidez. Inglaterra consiguió el partido que llevaba cuarenta años queriendo ganar y no logró reconocerse en ventaja. Anthony Gordon anotó a los 54 y Thomas Tuchel creyó que se saldría con la suya llenándose de defensores. Entregó la pelota, el campo y las decisiones. Los ingleses cantaron durante todo el Mundial "today is gonna be the day", con la canción de los hermanos Gallagher, pero cuando llegó ese día se les apagó el fuego consagrado a sus dioses.
Tuchel estacionó un Routemaster frente al arco de Jordan Pickford. El clásico autobús londinense de dos pisos, pero con los pasillos despejados, las puertas y las ventanas abiertas. Por allí entraron los pases de Messi, el disparo de Enzo Fernández y el cabezazo de Lautaro. Pickford soñaba con vengar a Peter Shilton; sus compañeros lo dejaron solo al volante, con el tráfico argentino encima.
Andrés Burgo, en "El Partido", llama "la agonía" a los nueve minutos posteriores al gol de Lineker en 1986. Argentina resistió con el cerebro dando órdenes que las piernas ya no cumplían. En Atlanta, la agonía cambió de camiseta: Inglaterra miró el reloj y descubrió ni siquiera podía tirar al Big Ben delante de Pickford. Burgo recuerda que una patria puede decidirse "en un segundo, un centímetro o un guiño de los dioses". Esta vez el guiño estuvo en la frente de Lautaro.
Esta generación argentina aprendió primero a perder: finales, penales, derrotas hereditarias. Después aprendió a ganar desde la perfección y ahora lo hace desde el sufrimiento, que es como ganar dos veces. Por eso Argentina está en otra final. El equipo que conoció el desastre no le teme a su olor: guarda una brasa, espera el viento y vuelve a encenderse.