Cumplir el sueño de tu vida y morir
Donny Strathie encontró la felicidad al final del camino. Murió donde quería estar, con la gente con la que quería cantar, tras ver lo que llevaba décadas esperando.
"Si hubiera un campeonato mundial de aficiones de fútbol, una final posible sería México-Escocia". Juan Villoro escribió esa frase en 1998, cuando los escoceses con kilt, gaitas y sonrisas disputaban un Mundial paralelo en París, Burdeos y Saint-Étienne. El kilt, hecho con tartán, tejido de cuadros que se asocia a los clanes, convirtió cada calle en una extensión de las Highlands. Esa selección no ganó, pero la Tartan Army salió campeona de la simpatía.
Veintiocho años después, ellos volvieron a los mundiales y Donny Strathie viajó a Estados Unidos para entrar en esa postal. Tenía 76 años, era de Grangemouth y había seguido a Escocia por media Europa. Alcanzó a ver el triunfo ante Haití, la primera victoria escocesa en un Mundial desde 1990, y al día siguiente murió en Boston, ciudad a la que llegó para cumplir su sueño.
La Tartan Army sabe que el fútbol no se agota en el marcador. El sociólogo Richard Giulianotti la estudió como carnaval ambulante: una hinchada que dejó atrás la agresividad de los setenta para convertirse en embajada informal de una nación sin victorias. Borrachos, sí. Escandalosos, también. Y hospitalarios. Capaces de hacer de la derrota una coreografía nacional.
David Goldblatt vio allí algo político, en "El juego de nuestras vidas". Mientras Escocia buscaba recuperar su Parlamento, los hinchas ofrecían una imagen que las élites no podían fabricar: una nación ruda y amable, "astuta y bacanal". Podían ponerse camisetas brasileñas o cascos vikingos ante Noruega. Pero cantaban "Flower of Scotland" en vez de "God Save the Queen".
Los críticos ven allí un museo del kitsch. Stuart Cosgrove, de la BBC en Escocia, los comparó con bailarines folclóricos: hombres maduros con atuendos ridículos invocando glorias. La frase duele porque tiene verdad. También falla: para Escocia los buenos tiempos nunca llegaron. Había que inventarlos.
Strathie voló a Boston como quien va a una peregrinación. La ciudad se llenó de escoceses, los bares agotaron cerveza y vuelos aterrizaron convertidos en pubs. Un hincha resumió estos días con una frase que sonó a guerra y chiste: "Weve drank Boston dry". Nos hemos bebido Boston hasta dejarla seca.
Entonces ocurrió el milagro. Escocia derrotó a Haití. Fue algo más íntimo que una epopeya: un viejo hincha veía a su selección volver al Mundial y ganar después de décadas. La vida le concedió el tiempo justo.
Hay algo que Irvine Welsh habría entendido. Antes del torneo intentó junto a Bobby Gillespie escribir un himno para la Tartan Army. Les faltó tiempo, pero no hacía falta. La canción ya la había escrito él mismo en "Trainspotting": personajes desordenados, leales a causas perdidas, capaces de perseguir una ilusión improbable y reírse de sí mismos.
La Tartan Army le dedicó un aplauso este viernes a Strathie en el minuto 76. Fue un homenaje perfecto. Montaigne escribió que vivir no depende de la duración, sino del uso del tiempo. Donny Strathie encontró la felicidad al final del camino. Murió donde quería estar, con la gente con la que quería cantar, tras ver lo que llevaba décadas esperando. El carnaval siguió avanzando. Uno de sus peregrinos llegó a destino.