Todo lo que le falta a Brasil
Haaland no gambetea, no hace fintas, no baja el hombro para fabricar un espacio. Casi no toca la pelota: aprieta el gatillo.
Geir Jordet, profesor de la Escuela Noruega de Ciencias del Deporte, lleva años mirando penales como los médicos analizan radiografías. En "Presión", libro prologado por Arsène Wenger en la edición inglesa de 2024, sostiene que el cuerpo delata lo que la mente esconde: el paso, la pausa, el cuello del arquero, la pelota acomodada con prisa, la respiración. Una de sus conclusiones indica que el apuro tras el pitazo del árbitro genera más fallos. Bruno Guimarães no tuvo a la mano esa advertencia en Nueva York. Avanzó contra Orjan Nyland como quien quiere salir de una habitación en llamas. El noruego le apagó la luz. Neymar después hizo lo contrario: demoró, midió, quebró la carrera y marcó el segundo penal brasileño, cuando el partido ya tenía lápida. Brasil no fallaba un penal en tiempo de juego de la Copa del Mundo desde 1986. Esa fue una razón de la caída.
La otra se llama Erling Braut Haaland. Braut viene de su madre, la ex atleta Gry Marita Braut; Haaland de Alf-Inge, su padre futbolista, defensor en el Mundial de 1994. Haaland resolvió el partido porque tiene todo lo que a Brasil le falta: aplomo frente al arco rival. The Athletic lo define como el "goleador más natural de su generación" y destaca sobre todo su estilo: "Llámalo económico. Llámalo eficiente. Llámalo instinto. Llámalo implacable. Llámalo simplicidad en el juego".
Le dicen Androide, Daemon, Majin Buu, Terminator, el apodo que más disfruta. The Guardian lo llamó "yeti nórdico voraz". The New Yorker apuntó que "no provoca asombro, sino terror" y advirtió que con él viene un certificado de noruegidad futbolística: "El equipo no tiene una identidad definida, por lo que Haaland ha tenido libertad para crearla. Juega al fútbol como los noruegos soñarían que juegan los noruegos". Ese sueño come seis mil calorías diarias: corazón de vacuno, hígado, leche cruda. La selección llegó a Estados Unidos con trescientos kilos de salmón, trucha ártica y fletán; cien kilos de queso Jarlsberg, ochenta kilos de queso marrón noruego. La Herrelandslaget ya hizo un nuevo pedido de pescado a Oslo.
Ese cuerpo, de 1,94 y 90 kilos de eficacia pura, salió desde Bryne, un pueblo agrícola junto al Mar del Norte. Arne Garborg, hijo de esa región, da la partida a "Paz" con una descripción de aquellas gentes: "Es un pueblo fuerte, pesado, que se abre camino en la vida con cavilación y esfuerzo". Haaland parece una nota al pie de la novela de Garborg. Corta leña, vuelve al kebab de su pueblo, habla con acento rural, se burla de sí mismo. Compró una Heimskringla del siglo XIII por 130 mil dólares y la donó a la biblioteca local con una explicación incuestionable: "Nunca he sido muy lector".
Noruega abrazó la máscara de Haaland. Antes de partir al Mundial hizo posar al plantel con barcos, espadas y ropa de guerrero. Sus hinchas ensayaron el Remo Vikingo en Times Square: sentarse, gritar "¡Ro!" y remar al ritmo de un tambor. Haaland ahora se sienta con ellos. El país más discreto del mundo encontró una forma colectiva de exagerar.
Haaland ante Brasil tuvo cuatro remates y dos goles. El segundo llegó en su toque 26. El cabezazo de los 79 fue como bajar a tierra desde un drakkar. El zurdazo del minuto 90 cruzó el área como una piedra lanzada desde otra era. Llegó al partido con cinco goles mundialistas, todos de primera intención. Seis de sus siete tantos en el torneo ya pertenecen a esa religión del remate sin más trámite. Haaland no gambetea, no hace fintas, no baja el hombro para fabricar un espacio. Casi no toca la pelota: aprieta el gatillo. "Si tengo una o dos, normalmente termina en gol", dice.
Karl Ove Knausgard, en su correspondencia futbolera con Fredrik Ekelund durante el Mundial de 2014, escribió que Brasil lo superaba: "No es para mí. Ni la vida brasileña, ni tampoco el fútbol brasileño". El autor noruego admitía la belleza del jogo bonito y aclaraba que no amar a Brasil se parecía a no amar a las mujeres bellas. "Brasil es la ópera. Noruega es un cuarteto de cuerdas", señaló con genuina resignación. Este domingo la ópera tuvo a Neymar llorando y a Bruno hundido en la ciencia de los penales. El cuarteto afinó dos golpes secos. En el centro estaba Haaland, enorme y elemental: el vikingo que no lee sagas porque prefiere escribirlas de un solo golpe, implacable.