Yo soy Franco Baresi. Y nací así: libre
Italia siempre produjo defensores que trataban la cattiveria como patrimonio nacional. Baresi prefería el despojo limpio.
Entre todos los sistemas de juego, el Catenaccio se construyó sobre las espaldas de una teoría antropológica. Gianni Brera le puso palabras y fachada histórica: ante una supuesta inferioridad física del italiano, quedaban la astucia, la marca, el contragolpe. Pero el cerrojo requería un defensor liberado de perseguir a alguien para cubrir la espalda de todos. Senza il libero non cè Catenaccio.
Brera lo llamó battitore libero, barredor de los errores ajenos. Debía capturar al delantero que escapara de la primera trampa y sacar la pelota del incendio. Aquel oficio nacido para destruir aprendió a crear y el último hombre empezó a ser también el primero. Franco Baresi llevó esa mutación a su forma más bella. En "Libero di sognare" se presentaba con una frase que ahora quedaría bien para su partida: "Yo soy Franco Baresi. Y nací así: libre".
La libertad le llegó después de conocer el vacío. Su madre murió cuando él tenía trece años; su padre, cuando tenía diecisiete. El Milan se convirtió en casa, familia y horizonte. Por eso nunca abandonó el club. A los diecinueve años ganó el Scudetto de 1979. Luego integró la Italia campeona del mundo en 1982 sin jugar un minuto. Gaetano Scirea ocupaba el puesto con una elegancia sin apelación. Enzo Bearzot entonces intentó hacerlos convivir desplazando a Baresi al mediocampo.
El experimento terminó en ruptura y con Baresi fuera de México 1986. Su primer Mundial en la cancha llegó a los treinta años, en Italia 1990. Cuatro años después, con la rodilla recién operada, regresó para jugar ante Romario y Bebeto una final imperial.
El desencuentro con Bearzot afinó su destino en el Milan. Arrigo Sacchi tomó al consagrado líbero y lo instaló al frente de una defensa que avanzaba como una persiana eléctrica. Baresi seguía siendo el último hombre y obligaba al equipo a vivir lejos de su arco. Ruud Gullit escribió en "¿Cómo leer el fútbol?" que poseía la inteligencia necesaria para ejecutar el acordeón: la línea se estiraba, se recogía, respiraba a su orden. Sacchi lo llamó "el elástico". Con la pelota, Baresi empujaba la defensa hacia adelante; al perderla, todos atacaban o protegían el espacio en sincronía.
El 19 de abril de 1989, el Real Madrid cayó veintiséis veces en fuera de juego y cinco veces en el marcador. Los delanteros blancos debieron recordar durante años aquella mano levantada: Baresi pedía el cobro con la calma de quien conocía la sentencia. Si Sacchi descuidaba los ejercicios, el capitán protestaba: "Si no los repetimos, los olvidaremos". Su intuición estaba hecha de memoria. "Mi suerte siempre estuvo en la cabeza", escribió en su autobiografía.
Italia siempre produjo defensores que trataban la cattiveria como patrimonio nacional. Baresi prefería el despojo limpio: el delantero conservaba las piernas y perdía la pelota. Lo sufrieron Maradona, Klinsmann y Romario.
Puede discutirse si fue el mejor líbero de la historia, pero cuesta encontrar a otro que haya clausurado el puesto mientras lo perfeccionaba. Brera lo imaginó barriendo detrás de todos; Sacchi le pidió gobernar hacia adelante. Baresi vivió entre esas dos ideas y terminó liberándose de ambas. Era el cerrojo que había aprendido a abrir puertas, entre el Catenaccio y el Fútbol Total.