El aguatero que iluminó a Francia
Vista desde lejos, esta selección parece tan abundante que podría ganar sin entrenador. La ilusión dura hasta que se observa su orden. Deschamps le puso esqueleto a la fortuna.
A Eric Cantona suelen aplaudirle hasta los gases, incluso la célebre patada de kung-fu a un hincha de Crystal Palace en 1995, pero quizás la peor de sus ocurrencias fue cuando quiso definir a su ex compañero y relevo como capitán en la selección francesa Didier Deschamps por falta de talento y exceso de esfuerzo: "Se las arregla porque siempre da el ciento por ciento, pero nunca será más que un aguatero".
Una frase llena de resentimiento que se desmoronó cuando Dedé Deschamps se convirtió en el primer francés que levantó la Copa del Mundo en 1998 y que hoy parece casi una broma de borracho saliendo del bar a las tres de la mañana. El aludido se convirtió finalmente en arquitecto de una selección que avanza por este siglo como una dinastía. El nuevo Siècle des Lumières de Francia: el siglo de las luces de Didier Deschamps.
En Boston, Francia alcanzó su tercera semifinal mundialista consecutiva con el aplomo de siempre. Marruecos llegó con dignidad de potencia emergente, una hinchada capaz de mover continentes y el recuerdo vivo de su milagro en Qatar, pero Francia le aplicó una clase de autoridad. El momentum, ese juguete que intenta meter la intuición en una pantalla, dibujó una aplanadora azul. La sensación antigua dijo lo mismo: el partido les perteneció a Les Bleus de principio a fin.
Yassine Bounou sostuvo la puerta africana en el primer tiempo. Bono, nacido en Montreal y criado en Mers Sultan, Casablanca, atajó cuatro pelotas antes del descanso, incluido un penal a Kylian Mbappé. Mahi Binebine le dio en "Los caballos de Dios" a un niño de Sidi Moumen el nombre de un arquero legendario: Yashin, el mejor portero de su barrio en Casablanca, no muy lejos de donde Bono aprendió el fútbol jugando con sus amigos en un estacionamiento con arcos de piedras y cajas de cartón.
La frontera de Bono cayó a fuerza de belleza. Mbappé recibió de Doué a la hora de juego, acomodó el cuerpo con elegancia automática y remató con rosca, sin rabia, como quien deposita un diamante en una caja fuerte. Bono voló tarde y bonito, vencido por un tiro que ya había elegido su lugar en el museo. Seis minutos después, Dembélé completó el 2-0 con un disparo bajo.
Deschamps miró todo con esa cara de funcionario del destino que lo distingue. Francia tiene una palabra para lo que transmite su equipo: mainmise. La mano encima de las cosas, entre toma de control y dominio superior. Le sobra jugador por jugador y hasta el lujo, sin ostentación, lo utiliza como recurso. Paraguay la había obligado a chapotear en el pantano del antifútbol; Marruecos quiso discutirle de frente y descubrió que a esta Francia cuesta encontrarle interlocutor válido.
La materia prima viene de barrios que la République suele describir con alarma y explotar con gratitud. Mbappé trae Bondy. En su carta a los niños de la banlieue escribió: "Somos Francia. Tú eres Francia". Dembélé, el Mosquito, se hizo en La Madeleine de Évreux, entre bloques, con una pelota que lo obligaba a esquivar rivales, edificios y vientos de la vieja Normandía.
Vista desde lejos, esta selección parece tan abundante que podría ganar sin entrenador. La ilusión dura hasta que se observa su orden. Deschamps le puso esqueleto a la fortuna. En mundiales ya acumula veinticinco partidos: veinte victorias, tres empates, dos derrotas, un título, una final perdida y otra semifinal asegurada. Su equipo rara vez necesita encerrarse con once detrás del balón. Le bastan seis o siete, una zaga que achica sin dramatismo, Manu Koné y Adrien Rabiot cerrando pasillos, y arriba los velocistas de los barrios traduciendo disciplina en relámpago.
Esa es la revolución discreta del aguatero: convertir el agua en sistema. En 1998 levantó la copa detrás de Zidane. En 2018 dirigió a Mbappé, el rayo adolescente. En 2022 perdió una final que reforzó su leyenda competitiva. En 2026, cuando ya se anuncia su despedida, administra probablemente la mejor selección del siglo con una sobriedad razonable para tanto talento.
Marruecos se fue con honor y una pena seca. Tuvo al arquero que lo mantuvo vivo, el mejor del Mundial hasta este jueves, y perdió cuando Francia decidió dictar cátedra con esa familia partida por lenguas, barrios e inmigrantes. Deschamps cerró la noche con dos golpes, pocos gestos, el agua repartida a tiempo y la máquina avanzando hacia julio como si el Mundial fuera su oficio.