El final más loco en la historia de los mundiales
¿Aceptaría Argelia la misma conveniencia que la había humillado? El empate le servía. El honor estorbaba.
Kansas City entró en la historia del fútbol con un relato ajeno. Austria y Argelia jugaban en Arrowhead y el partido traía desde España un ruido antiguo: El Molinón de 1982, la pelota quieta, el acuerdo tácito, el mundo mirando una estafa sin recibo. Robert Seeger, comentarista austriaco, pidió apagar el televisor ese día.
El diario El Comercio de Gijón mandó aquel Alemania-Austria a las páginas policiales, bajo el título "Timo a 40.000 espectadores". El delantero Salah Assad contó la resignación argelina: "Fuimos de compras, compramos regalos y esperábamos subir al avión a la mañana siguiente". Rabah Madjer resumió la herida: "Que dos grandes naciones futbolísticas acordaran eliminar a un país pequeño como Argelia fue impactante". Hans Tschak, jefe de la delegación austriaca, ni se inmutó y despreció a los argelinos despidiéndolos como "hijos del desierto".
El duelo de Kansas comenzó con una pregunta. ¿Aceptaría Argelia la misma conveniencia que la había humillado? El empate le servía. El honor estorbaba. Austria ofrecía una versión tardía del pacto, una absolución con 44 años de retraso, para que ambos pasaran de fase en perjuicio de Irán. Argelia tuvo que debatirse entre el cálculo y la memoria, entre pasar de ronda con las manos limpias a medias o cobrarse una deuda.
El trámite alternó goles como para facilitar el arreglo final. Gol de Austria, empate de Argelia: pasó dos veces. Todo se movía para que no se moviera nada. Ya en la pausa de hidratación del segundo tiempo empezaron las sospechas, los pases hacia atrás y los defensas convertidos en funcionarios.
Gerhard Roth, autor austriaco e hincha de Sturm Graz, escribió que "el fútbol es un juego y no matemática". En Kansas, durante veinte minutos, la matemática tomó la pelota y caminó con ella hacia la caja fuerte. Roth dejó otra sentencia: "El odio no tiene nada que ver con el fútbol. El odio siempre es debilidad". Argelia no necesitaba odiar para hacer justicia. Le bastaba jugar.
En el 90+4, Riyad Mahrez se filtró por la espalda de una Austria satisfecha y cruzó el disparo al rincón. Fue un gol de cuchillo envuelto en seda. Durante unos segundos la justicia universal tuvo camiseta blanca. Austria cayó desde la cornisa y sintió el peso de Gijón. Irán, triturado por viajes, visas, guerra y azares, aparecía en la puerta de los dieciseisavos por una sentencia ajena.
La jugada siguiente rompió todo. Austria, con el corazón detenido, sacó un centro de la nada y Sasa Kalajdzic puso el 3-3 con el último aliento. El verdugo se salvó en la misma horca. Irán quedó fuera, injustamente, con el consuelo de que nadie volvió a regalarle su eliminación. Argelia y Austria no le deben nada. El duelo irá con todas sus letras en la sección deportiva del New York Times. Esta vez no hubo sección policial: hubo fútbol, con su mugre y su belleza, con su temblor.
"A la larga, todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol". Esta frase, escrita por un tipo nacido en Argel, es la más citada en los libros de fútbol y por fin uno puede darse el gusto de meterla en el lugar perfecto de una crónica, aunque, en rigor, no sepamos tanto ni del fútbol ni de la moral.