No es país para viejos: el duro final de Courtois
La federación belga debió atender mejor las consecuencias de lucir el surrealismo en la camiseta. El propio Magritte los habría advertido: "Un objeto nunca cumple la misma función que su nombre o su imagen".
Bélgica llegó al Mundial con la feliz ocurrencia de llevar su identidad cultural estampada en el pecho. La idea venía de antes: Eddy Merckx en la Euro 2016, Tomorrowland en Qatar 2022, Tintín en la Euro 2024. Ahora le tocó el turno al surrealismo de René Magritte, con una referencia a "Cascabeles rosas, cielos en jirones", cuadro que forma parte de la colección permanente del Museo Reina Sofía de Madrid. En el interior del cuello, la prenda guarda una contraseña orgullosa: "Ceci nest pas un maillot". Esto no es una camiseta. Con sus esferas rosadas sobre el celeste, Bélgica parecía salir al campo desde una nube pintada. Era una pieza fabricada para desconfiar de sí misma en público. Tal vez por eso dejó en el bolso la equipación de los legendarios Diablos Rojos y eligió jugar las llaves de eliminación directa con la tela alternativa de Magritte.
Pero a los belgas se les olvidaron los arqueros. O quizá todavía no encuentran la inspiración suficiente para vestirlos. Thibaut Courtois, ganador de dos Champions bajo el arco de Real Madrid, jugó ante España con una camiseta amarilla estándar de Adidas, basada en el molde Tiro 26 Competition GK. Más estilo tenía la celeste de Jean-Marie Pfaff cuando le atajó el penal al asturiano Eloy Olaya en la definición contra España por el paso a semifinales de México 86.
Entre los cinco sobrevivientes de la Generación Dorada de Bélgica, tercera en Rusia 2018, Courtois parece el más apto para alcanzar otro Mundial. Tiene 34 años y la portería concede una prórroga que otros puestos niegan. Su llanto al salir lesionado este viernes en Los Angeles, con el empate parcial ante España todavía clavado en el tablero del SoFi Stadium, abre una grieta de duda y resignación. En su lugar entró Senne Lammens, diez años más joven, veinte minutos por delante y la sensación de que una vida entera podía caber en ese tramo final.
Dejando un rato aparte el drama de la lesión, Courtois y Lammens quedaron sometidos a una emboscada estética similar del equipo de Luis de la Fuente. Dos goles que nacieron de la escuela española del tiquitaca, esa paciencia que mueve la pelota de un lado a otro hasta que se duermen los rivales, los hinchas de la tribuna y medio planeta frente al televisor. En ambos casos, la cadena de pases dejó a un tirador libre y los arqueros de Bélgica ofrecieron rebote. El remate de Dani Olmo, a quemarropa, exigía más a Courtois, que alcanzó a desviar hacia el centro, donde unos metros más allá Fabián Ruiz puso la rúbrica. El disparo de Pau Cubarsí, anunciado como desenlace de película de Hollywood, sorprendió demasiado a Lammens y le dejó a Mikel Merino la escena servida para el 2-1 que enterró la ilusión belga en el minuto 88.
En la tribuna miraba Javier Bardem, el actor español que en "No es país para viejos" interpreta a uno de los asesinos más despiadados del cine reciente: Anton Chigurh, un personaje que ejecuta con una frialdad de herramienta y que, según palabras del propio Bardem, "sale de la nada y vuelve a la nada". El sheriff Ed Tom Bell, en su intento de atajarlo, acaba aceptando la derrota en una frase que le dirige su tío Ellis: "No puedes detener lo que viene". Difícil encontrar un rostro más adecuado que el de Bardem para mirar la extinción del último grupo de genios belgas frente al sello de España.
Invitado por Salvador Dalí en 1929, Magritte pasó una temporada de mar y sol en Cadaqués. De ese viaje quedó "El tiempo amenazador", donde unas nubes con forma de torso de mujer, un trombón y una silla ocupan el centro del cuadro como objetos que han olvidado obedecer al mundo. La federación belga debió atender mejor las consecuencias de lucir el surrealismo en la camiseta. El propio Magritte los habría advertido: "Un objeto nunca cumple la misma función que su nombre o su imagen".