El hombre que perdió la mirada
La foto decía lo que el resultado confirmaría después: comparezco, acepto la luz, acepto el uniforme, acepto la culpa de haber creído otra vez. Los ojos, por favor, se quedan conmigo.
Marcelo Bielsa se fue del Mundial con una frase que perfectamente podría ser postulada como epitafio por sus enemigos: "No pude mejorar a los jugadores". La dijo tras la eliminación de Uruguay, cataclísmica por la manera en que se derrumbó una fe. Dos empates, una derrota, discusiones de camarín con sus dirigidos y el capitán Federico Valverde reemplazado en el último partido para meter un doble nueve: la moneda gastada del bielsismo cayó otra vez del lado triste.
Se fue gritándole a la cámara: "Dale de una vez". Pero la imagen que quedará fue tomada antes. En la foto oficial de la FIFA, Bielsa aparece frente a un fondo azul, rugoso, carcelario, con la camiseta negra de Uruguay y la cabeza hundida. La luz le cae sobre la frente como una condena. Los lentes resbalan hacia la punta de la nariz. Los brazos le cuelgan al costado. La cámara quiere un rostro y recibe una negativa. Quiere al entrenador de una selección y encuentra a un hombre citado ante un tribunal cuya jurisdicción no reconoce. Le preguntaron por la pose y contestó: "No soy modelo".
"Hombre mirando al sudeste", de Eliseo Subiela, es una película argentina sobre un loco con la cabeza inclinada y la mirada en una coordenada secreta cuyo mayor logro consiste en tomar el lugar del director de orquesta en un concierto de Beethoven, para llegar a la apoteosis en la "Oda a la alegría". Por una vez toma la batuta y todo está en el lugar que corresponde. Al día siguiente, los diarios reducen el milagro a un título mezquino: "Un concierto de locos".
Bielsa dijo hace tiempo algo sobre sí mismo que se terminaría convirtiendo en profecía: "Un hombre con ideas nuevas es un loco hasta que sus ideas triunfan". Muchos quisimos creer que era su definición personal del éxito, pero era otra cosa. Quizás era apenas una forma de encaminarse a sí mismo hacia donde lo llevara el camino que eligió. El camino al Purgatorio.
Bielsa quería que el fútbol recuperara una pureza anterior al resultado, una forma transparente de buscar el arco contrario hasta que los jugadores parecieran vietnamitas del esfuerzo, como escribió Santiago Segurola en el diario El País sobre Chile en el Mundial de Sudáfrica. Su método inspiró a Pep Guardiola y el mediocampista polaco Mateusz Klich explicó el hechizo desde Leeds: "No sabíamos lo buenos que podíamos ser". Esa fue su cruzada: convencer a futbolistas normales de que traían dentro una versión superior.
Sus grandes derrotas contestan cualquier balance, sobre todo las de Argentina y Uruguay. En 2002 llegó a Japón con seis mil videos de VHS, en su afán por controlar cada sombra, y consiguió perder con una dureza insospechada. La porfía es una liturgia bielsística, sí, pero si en Japón no quiso juntar nunca a Batistuta con Crespo, en Guadalajara sacó a Valverde para salir del error con dos centrodelanteros. Tampoco sirvió: sólo fue el cara y sello del fracaso.
Su lugar en la historia queda en una zona incómoda: instigó una forma de jugar que ayudó a definir este siglo y a él no le alcanzó para ganar algo grande. El fútbol actual le debe parte de su presión alta y de la recuperación de viejos ideales del fútbol total en una época que convierte hasta el sudor en dato comercial. Bielsa no ha sido un ganador; ha sido un hombre que logró arrebatarle algunas alegrías a la derrota. En Chile lo supimos. "Chile fue un lugar donde fui feliz", dijo en su momento. En esa frase cabían estadios llenos y un país que volvió a creer en la pelota.
El Mundial de 2026 era un lugar extraño para ese personaje. Allí se discute jugar cuatro tiempos, como si el fútbol necesitara pausas para respirar publicidad. Bielsa dijo que eso "altera la concepción que culturalmente se construyó para interpretar el fútbol". Agregó que la gente se enamora del juego por sus características. En la Copa América 2024 ya lanzó su tesis más dolorosa: "El fútbol es propiedad popular". Los pobres, dijo, tienen poco acceso a la felicidad y esa felicidad horizontal "ya no la tienen más".
Por eso su foto parece una batalla cultural en miniatura. El Bartleby de Melville miraba una pared de Wall Street y prefería "no hacerlo". Bielsa mira el piso, quizá más abajo, donde se amontonan las objeciones que ya nadie quiere escuchar. En un relato de Dostoievski también hay un hombre del subsuelo que apartaba los ojos porque le sobraba lucidez: "Un exceso de conciencia, cualquier conciencia, es una enfermedad". Bielsa baja la mirada porque le sobra desacuerdo.
El Loco Bielsa es un hombre de su tiempo que ha hecho una escuela de la contradicción, no tanto suya como nuestra, y su locura produjo discípulos, amores populares, jugadores mejorados, finales perdidas y, por supuesto, críticos hasta la muerte. También produjo esta fotografía: un hombre presente y retirado, con un país en el pecho y los ojos fuera del expediente.
La última mirada debe volver ahí. Al fondo azul que parece una nube archivada. A la cabeza inclinada. A la palabra Uruguay escrita como citación judicial sobre la camiseta. Bielsa ya había anticipado su despedida antes de perder. La foto decía lo que el resultado confirmaría después: comparezco, acepto la luz, acepto el uniforme, acepto la culpa de haber creído otra vez. Los ojos, por favor, se quedan conmigo.