¿Argentina se nos desmaradonizó?
La selección que representaba la moral más permisiva del fútbol, y que atesoraba cada gol como una victoria contra el sistema, se enfifó sin remordimientos y ya lleva dos mundiales defendiendo arbitrajes.
Dos hombres vestidos de negro quedaron unidos para siempre por una mano que apareció en el cielo del estadio Azteca, el 22 de junio de 1986, como una cucaracha enviada por la Providencia para arruinarles la tarde a los muchachos de Margaret Tatcher. Ali Bin Nasser, el árbitro tunecino de Argentina-Inglaterra, giró hacia la banda con la expresión de un funcionario que acaba de descubrir un cadáver en su escritorio. Bogdan Dochev, asistente búlgaro, permaneció petrificado, bandera abajo, viendo cómo la civilización occidental se iba por el desagüe. Entre ambos descendía la pelota que Diego Maradona había rapiñado sobre Peter Shilton con un puño furtivo, pequeño y decisivo, una especie de contrabando celestial.
Bin Nasser miró a Dochev. Dochev miró al vacío. Shilton miró al árbitro como si acabaran de vender Gibraltar. Maradona corrió hacia el córner esperando que alguien despertara. Nadie despertó. El tunecino señaló el centro y el estadio explotó en esa sustancia radioactiva que los organizadores llaman alegría popular. "Esperaba que Dochev me diera una señal", declararía después, cuando la única señal posible era la muchedumbre inglesa pidiendo sangre, cárcel y una intervención urgente de la Dama de Hierro.
Dochev alegó que la FIFA les exigía respetar al árbitro mejor ubicado. Una coartada perfecta, fabricada en los sótanos de la burocracia: dos policías frente al crimen, cada uno convencido de que el otro tenía las esposas. Nadie quiso tocar la verdad porque la verdad quemaba. El gol se coló por esa brecha administrativa para instalarse en la eternidad.
La resaca duró décadas. Dochev quedó preso de aquel segundo y escribió su epitafio con bilis: "Diego Maradona arruinó mi vida. Fue un futbolista brillante, pero un hombre pequeño". Bin Nasser eligió una versión más confortable del infierno. Guardó la pelota, recibió a Diego en Túnez y encendió el incienso: "Aquel día no ganó Argentina; ganaste tú, Maradona".
Al comentar en The Guardian la autobiografía de Maradona en 2004, Martin Amis dio a entender su admiración por la "turbulenta ingenuidad" con que este contaba su historia. Hasta cierto punto aceptaba que los argentinos tuvieran en tan alta estima el afano como modo de vida. "En el léxico personal de Maradona, la misma palabra sirve tanto para marcar goles como para fornicar: vacunar", escribió el autor inglés.
Cuarenta años después, Argentina-Inglaterra sigue siendo un cruce teñido por las viejas afrentas. The Athletic definió el duelo del miércoles en Atlanta como una semifinal de "caos glorioso y furioso" que debería resumir una "rivalidad feroz y profundamente arraigada que está llena de enemistad y trasciende el deporte".
Como clásico de los mundiales, el partido tiene hermosas batallas si lo miramos con los ojos del siglo pasado. Comienza con el desborde de Antonio Rattín delante de la Reina Isabel en Wembley y la respuesta de "animals" elaborada por Alf Ramsey. Sigue con Maradona: ese gol con la mano y el otro en que eludió a media Inglaterra, la Mano de Dios y el Gol del Siglo. Y se alarga en los episodios de David Beckham en 1998 y 2002: su expulsión forzada por Diego Simeone en Saint-Étienne y el golazo de tiro libre en Sapporo. El fútbol es "la guerra sin disparos", escribió George Orwell.
Pero 1986 todavía es el eje de todas las querellas por la malvinización del relato, todavía vigente pese al freno del entrenador Lionel Scaloni al afirmar que "sólo es un partido", y también, recientemente, por la nueva ética adosada a las reglas del fútbol en tiempos del videoarbitraje.
Maradona fue elevado a la estatura de un semidiós, explica Andrés Burgo en su libro "El partido", que justamente agota todas las historias de ese partido, por algo que en las propias palabras del 10 equivalía a quedarse con la billetera de los ingleses. Con las repeticiones del VAR no sólo no sería posible ese primer gol de Argentina en el Azteca: quizás no habrían ganado el Mundial y Maradona no existiría como resumen de la argentinidad. O esa argentinidad sería otra cosa.
Argentina, en apariencia, se desmaradonizó en tiempos de Lionel Messi. Maradona llegó a Europa como villano para el Mundial de 1990 y ya en 1994 la FIFA le "cortó las piernas" en el antidoping. No deja de ser caprichosa la historia: Argentina no ganó nada con Messi hasta la muerte de su Pibe de Oro en 2020, la FIFA dejó de ser el enemigo a muerte y empezaron a caer los títulos. No hay una relación causal entre estas premisas: la llamada Scaloneta gana porque reunió una generación notable de jugadores alrededor de uno de los mejores futbolistas de la historia. Pero es divertido pensar un poco en el nuevo decorado: la selección que representaba la moral más permisiva del fútbol, y que atesoraba cada gol como una victoria contra el sistema, se enfifó sin remordimientos y ya lleva dos mundiales defendiendo arbitrajes como si se trataran de una manifestación divina, sin importar que, en la duda, todas las manos puedan caer del mismo lado.