El vendedor de humo más hermoso del mundo
Alemania administró la pelota como si leyera la "Fenomenología del espíritu". Paraguay la mordió como un perro que se come la tesis de filosofía.
Gustavo Alfaro llegó a Asunción con una maleta de frases usadas y un extintor para incendios bíblicos. No traía un plan, o sí: una farmacia de madrugada, jarabe de Borges, gotitas de Menotti. Paraguay llevaba dieciséis años mirando mundiales por la ventana. Y, ya en Estados Unidos, lo goleó el Tío Sam, no pudo festejar ante Turquía por el chascarro de Miguel Almirón y firmó con Australia el partido más feo del torneo: tereré con agua de radiador.
¿Qué más podía pedirle la vida a esa resaca? Alemania en dieciseisavos y José Luis Chilavert disparando con una escopeta. El viejo ídolo creyó que ayudar era patear al técnico en el suelo. Hay algo sudamericano ahí: el crack retirado que se vuelve profeta con munición. Chila disparó contra Alfaro: "Te nombra a Aristóteles y a Platón, pero cuando recurre a un sistema táctico falla". Y contra Orlando Gill: "No habla, juega mudo".
Paraguay esperaba a Alemania como una auditoría de Dios con olor a salchicha. Kant, Heidegger y Hegel venían en el bus, con medias blancas y el escudo de la Mannschaft para comprobar si el In-der-Welt-sein o "ser en el mundo" guaraní iba a replegarse hasta el área. Entre los suyos, Alfaro sólo veía a un pelotón bien preparado para una llave de la Copa Libertadores.
En este punto podemos alfarear un poco. "Es más fácil desactivar un átomo que un preconcepto". También: "Triunfamos y fracasamos menos de lo que creemos". Y por supuesto: "Cuando veas la sombra de un gigante no te asustes. Fíjate dónde está el sol porque puede ser la sombra de un enano". Eso pudo escribirlo un sabio chino, un taxista o un tío apócrifo de Alfaro después del tercer vino. Él se lo achaca a Aristóteles, Fito Páez o Bruce Willis.
Ahí está su gracia: convertir la charla técnica en una sesión espiritista. Alfaro vende humo, sí, pero a veces el humo espanta mosquitos, tapa ruinas y hace llorar al rival. No importa si la frase la dijo Einstein, Sábato o la señora de las empanadas. Paraguay tenía que deducir el circuito de pases de Alemania, pero sobre todo necesitaba que alguien le explicara que el miedo era una lámpara mal puesta. Si todo era un parto, y a veces de nalgas, había que parir nomás. Premisa perfecta para llegar al minuto 119, cuando ya fallan las piernas y la ilusión se pega al paladar.
El partido fue un asalto al Panteón. Alemania administró la pelota como si leyera la "Fenomenología del espíritu". Paraguay la mordió como un perro que se come la tesis de filosofía, primero con el gol de Julio Enciso y finalmente con los penales atajados por el afásico Gill para ponerle subtítulos a su heroica jornada: "Lo verdadero es el todo".
Alfaro salió del estadio de Boston transpirado, feliz, delirante y vendedor de humo con título de doctor honoris causa. Paraguay se pensó de nuevo a sí mismo como un equipo de fútbol y enderezó por un rato la madera torcida de su humanidad. Alemania se rindió ante una pandilla que aprendió a pensar sin permiso. Lo escribió Hegel: "El resultado desnudo es el cadáver". Lo diría también el Profe Alfaro, aunque mañana quizás se lo atribuya a una vaca que aprendió filosofía o a un genio de apellido Chilavert.