Matirrabona hay una sola
Huaiquipán había dejado la idea sobre el pasto. Matías la recogió y consiguió que siguiera rodando años después de irse.
El 9 de septiembre de 2014, Las Últimas Noticias dedicó dos páginas a recrear tres trucos de Francisco Huaiquipán. Tenían nombre, como los números de un mago de cancha de tierra. La Gran Huaiquipán consistía en pisar la pelota con la derecha y, aún encima, pasarla con la izquierda. Se la había enseñado a los 8 años el profesor Robinson Mora. El Taco Ciego: llevar el balón de la cabeza a la nuca, sostenerlo allí y soltarlo por la espalda para dar un taco antes de que tocara el suelo. "Nunca la hice en un partido. Yo creo que la hacía y me volaban la cabeza", explicaba.
La tercera tenía un nombre ajeno: Autopase de Rabona Estilo Mati. Huaiquipán cruzaba una pierna por detrás de la otra, amagaba el golpe y escondía el balón a espaldas del defensor. "Mati entrenaba con nosotros más chiquitito en Colo Colo y ahí me veía hacerla", aseguró. También Mauricio Cataldo, en Audax, manejaba el truco. En el barrio los inventos circulan sin patente: basta con que alguien los mire de reojo para que cambien de dueño.
Huaiquipán brilló poco tiempo. El Cacique de La Legua alcanzó a deslumbrar en Colo Colo y después se fue perdiendo en el paisaje, como esos futbolistas que andan con una pelota bajo el brazo y encuentran demasiado estrechas las líneas de cal. Tal vez su aporte más duradero fuera mostrarle un movimiento a un muchacho que aún ignoraba su destino.
Matías Fernández llevó aquel amague a otra escala. En 2006, con veinte años, lo usaba ante defensas que seguramente creían estar siendo objeto de una broma. Contra Estudiantes de La Plata, el 23 de septiembre, se fue por la izquierda, escondió el balón en el autopase y dejó al marcador clavado. Llegó el arquero, lo apretó contra la línea de fondo y Matías sacó otra rabona, esta vez un centro para Humberto Suazo. El defensa no alcanzó a entender la primera cuando ya estaba ocurriendo la segunda. Aquel Colo Colo de Claudio Borghi se permitía esas insolencias.
La ironía estaba en la camiseta rival. Ricardo Infante, delantero de Estudiantes, había marcado contra Rosario Central en 1948 uno de los goles que dieron origen a la leyenda de la rabona. Medio siglo después, otro jugador se la devolvía a su club convertida en una pirueta nueva. Una revancha del calendario.
El 13 de octubre de 2026, Lamine Yamal hizo con Barcelona una maniobra parecida y las redes la recibieron como un descubrimiento arqueológico. Hubo quien habló de invención. El fútbol lleva más de un siglo olvidando lo que acaba de ver. A veces la novedad consiste en que se perdió el video anterior.
Matías Fernández jamás se dio aires de fanfarrón. Fuera de la cancha bajaba la mirada; adentro, las defensas terminaban mirando al suelo. Años después explicó la rabona con una sencillez casi ofensiva: desconfiaba de su pierna izquierda. Una limitación se volvió firma. Así nació la matirrabona, un repertorio de amagues y pases que en 2006 acompañó al mejor jugador de América. Huaiquipán había dejado la idea sobre el pasto. Matías la recogió y consiguió que siguiera rodando años después de irse.