Ahora la bola corre con malicia
El rumor afroesmeraldeño se transformó en el festejo nacional de todo un país, en una victoria única e inolvidable de la Tricolor contra los tetracampeones del mundo.
"D éjala corré la bola que ella corre con malicia", dice una voz de "Juyungo", la novela en que Adalberto Ortiz se hizo visible a Esmeraldas como territorio de selva, río y destino. Este jueves, contra Alemania en el Mundial, la pelota obedeció esa vieja orden. Había que soltarla, escucharla, acompañarla en su picardía. Primero la encontró Nilson Angulo, esmeraldeño de Quinindé, para responder de inmediato al gol de Leroy Sané en el minuto 2: un grito de rebeldía lanzado desde el borde del área. Después, encima de Manuel Neuer, la empujó Gonzalo Plata, nacido en Guayaquil, hijo de madre sanlorenceña, como si la provincia entera hubiera decidido convocar a la historia.
Ecuador ganó 2-1 y la noticia relata una geografía anterior al marcador. Esmeraldas viene de mucho antes, desde la costa donde los barcos naufragaron y los esclavos escaparon al monte para fundar una libertad con la que no se metió nadie. El cimarronaje hizo de ese territorio una patria difícil de someter. Allí la fuga se hizo vida, con el ritmo de la marimba y los cununos que marcaron un paso que el fútbol, ??siglos después, traduciría en desmarques.
El "juyungo" nació como palabra de desprecio, casi una manera de llamar diablo al negro del monte. Ortiz tomó esa marca y la volvió personaje, orgullo de que avanza. Algo de ese juyungo literario llevan los jugadores esmeraldeños cuando pisan la cancha: una malicia aprendida en la intemperie, un ritmo nacido de tocar la tierra antes que el balón, un empuje telúrico que viene de la memoria y llega hasta el área. Es historia en movimiento. Es el cuerpo grabando a los ancestros.
La cifra acompaña la intuición. En este Mundial, Esmeraldas aportó diez de los veintiséis jugadores de Ecuador. La genealogía moderna puede rastrearse desde 1972, con nombres fundamentales como Jéfferson Camacho, Carlos Omar Delgado e Ítalo Estupiñán. Luego vendrían otras ramas: Carlos Tenorio, goleador en Alemania 2006; Enner Valencia, nacido en San Lorenzo, dueño de goles mundialistas en 2014 y 2022. Ahora Angulo y Plata, una misma provincia entrando al área por dos puertas.
Esmeraldas le entrega al fútbol ecuatoriano una forma de estar en el mundo. La marimba llama y el jugador responden. El cununo insiste y el lateral vuelve. El río se curva y el extremo cambia de dirección. El canto empuja, recuerda, sostiene. El fútbol se unió a las viejas costumbres esmeraldeñas para irrumpir con la gracia de siempre, como si cada paso llevara memoria de arrullo y cada carrera repitiera una antigua ceremonia de libertad.
El triunfo contra Alemania se entiende así: una sorpresa táctica convertida en revancha de la periferia, el día en que la provincia verde volvió al centro del mapa. El rumor afroesmeraldeño se transformó en el festejo nacional de todo un país, en una victoria única e inolvidable de la Tricolor contra los tetracampeones del mundo. Entonces la frase de "Juyungo" volvió, redonda, circular, futbolera: déjenla correr. La bola corre con malicia. En Esmeraldas lo saben desde antes de que sus hijos jueguen al fútbol.