Señoras y señores, preparen los pañuelos
Durante veinte años vimos jugar a los mismos hombres mientras el mundo cambiaba de soporte. Cuando Modric debutó en la Copa del Mundo, Instagram no existía, Twitter era un rumor universitario y los teléfonos aún no habían decidido vivir nuestras vidas.
A Luka Modric lo eliminó Portugal y, de un modo más íntimo, lo eliminó el calendario. Toronto vio caer a Croacia por 2-1 con crueldad administrativa: gol de Ivan Perisic, penal de Cristiano Ronaldo, cabezazo de Gonçalo Ramos en el descuento y un último grito balcánico anulado por el chip dentro de la pelota. Luka quedó de pie, buscando un compañero libre, y entonces supimos que el Mundial empezaba a cerrar el libro que abrió en 2006.
Durante veinte años vimos jugar a los mismos hombres mientras el mundo cambiaba de soporte. Cuando Modric debutó en la Copa del Mundo, Instagram no existía, Twitter era un rumor universitario y los teléfonos aún no habían decidido vivir nuestras vidas. Al momento del pitazo final en Toronto, el capitán de los Vatreni se iba con 38.947.183 seguidores en Instagram: el pastor de cabras de las montañas de Velebit convertido en archivo global. La generación que aprendió a jugar antes del algoritmo será despedida por el algoritmo.
El rival que lo empujó al adiós tenía forma de espejo. Cristiano Ronaldo fue su compañero en 222 partidos de Real Madrid. Juntos levantaron cuatro Champions. En Cardiff, Modric le sirvió un gol contra la Juventus como se deja un plato caliente en la mesa para el invitado principal. Años después, el camarero frustrado de Zadar volvió a repartir en Toronto, aunque esta vez la cuenta la pagó él. Cristiano, de 41 años, marcó por fin en una eliminación directa de un Mundial; Modric, de 40, jugó para que otros encontraran salida. La grandeza de los viejos.
En "Moja igra", traducido al español como "Mi partido", Modric cuenta que de niño quiso "crecer". No era una metáfora: estiraba el cuerpo para alcanzar una estatura que la biología le negó. En los álbumes de Panini mide 1,74, 1,72 y 1,71. Se fue achicando hacia su verdadero porte mientras se hacía grande: en la cancha creció hacia todos lados.
Su autobiografía existe también para corregir mitos. No usó canilleras de madera: atesoraba unas de plástico con la imagen de Ronaldo Nazário. La épica no necesitaba exageraciones. Alcanzaba con su abuelo Luka asesinado mientras cuidaba el rebaño, la abuela Jela escondida con el niño tras la puerta, el exilio en Makarska y Zadar, y Domagoj Basic, el entrenador que arbitraba injustamente para enseñarles a no perder la cabeza y les daba libros. Modric eligió Robinson Crusoe: el náufrago que aprende a seguir vivo.
Juan Villoro lo llamó "el hombre que nunca dejó de correr" y dejó una imagen para esta última noche: "Las ojeras son las de un pastor que vela por su rebaño". En Toronto ese pastor vio dispersarse a sus ovejas. Había sido Balón de Oro en Rusia 2018, bronce en Qatar 2022, plata y bronce en los mundiales con un país que convirtió su modestia demográfica en orgullo competitivo.
Ahora le toca enseñar a irse. Modric es el primero entre los viejos gladiadores de este primer cuarto de siglo que dice adiós a los mundiales. Detrás vienen Messi y Cristiano, Neuer y Perisic. La Copa ya empezó a engullir a los monumentos de la primera horneada digital.
El balón volverá a rodar sin él y será raro que encuentre tanta compañía. Modric no fue el que más gritó ni el que más ocupó la pantalla; fue el que permitió que la pantalla tuviera sentido. Señoras y señores, preparen sus pañuelos: la función aún no termina, pero ya cruje la última página del libro.