La foto que explica el Mundial de Messi
El centro pasa la Torre de Londres y el Big Ben para caer justo donde está Lautaro, 1,75, el más bajo del grupo. Inglaterra había comprado altura al por mayor y recibió el cabezazo en liquidación.
El Mundial de Lionel Messi empezó con una planta en la pantorrilla de Aïssa Mandi. El árbitro cobró la falta y se guardó la tarjeta; internet cobró además cohecho, impunidad, asociación ilícita y amistad agravada con Gianni Infantino. Un mes después la foto circula ordeñada por la industria del clic hasta convertir una patada en la Conferencia de Yalta. Messi aún responde por los estoperoles. Los memes donde preside la FIFA pertenecen a comerciantes capaces de extraer petróleo de cualquier píxel.
La mejor defensa de Messi fue seguir siendo Messi. Marcó, asistió y reapareció cada vez que Argentina ensayó su defunción ante Cabo Verde, Egipto e Inglaterra. El campeón avanzó con la estabilidad de una mesa coja. De esa precariedad surgió la épica de los desesperados: un equipo que recibía el golpe y recién entonces recordaba que aspiraba a otra Copa.
También Messi jugó al escondite con el partido. Caminó, esperó, administró los pulmones y simuló, como escribió Martín Caparrós en El País, "que no pensaba nada". La cuenta OptaJoe en X ordenó a los 618 jugadores de campo con más de noventa minutos en la fase de grupos: Messi fue primero en goles, con seis, y 618º en distancia recorrida por cada noventa minutos, con 8,1 kilómetros. El máximo goleador era el último peatón. Barney Ronay, en The Guardian, lo vio avanzar como "un hombre para quien el partido suele estar esperando". A los demás los mide el GPS; Messi impone su propio reloj.
El economista argentino Nicolás Dvoskin propuso leer su historia con la selección en tres generaciones. El primer Messi, entre 2005 y 2008, era el chico feliz entre mayores: Riquelme, Crespo, Verón, Sorín. El segundo, de 2009 a 2018, cargó la cinta junto a los hombres de su edad: Agüero, Di María, Higuaín, Mascherano. En pleno apogeo perdió las finales que parecían destinadas a consagrarlo. Después de la segunda derrota con Chile renunció en el mismo estadio de Nueva Jersey donde este domingo jugará su tercera final mundialista, la segunda consecutiva. La juventud le había dado piernas y compañeros demasiado parecidos a él para venerarlo.
El tercer Messi lidera a quienes crecieron mirándolo. Algunos empezaban a caminar cuando él ya vestía la 10. La distancia produjo una devoción práctica: corren para concederle la pausa, chocan para comprarle un segundo, aceptan que el capitán desaparezca mientras prepara su regreso. La Scaloneta convirtió la deuda del pasado en combustible. Dvoskin llama necesaria a esa trilogía: sin la sed de las derrotas, la gloria habría sido una bebida sin sabor.
La fotografía del gol de Lautaro Matínez contra Inglaterra explica el sistema. Messi, 1,70, rescata él mismo el balón y se va contra la línea de fondo para lanzar un centro de derecha, su pierna destinada normalmente a sostenerlo mientras la zurda redacta la historia. Delante se levanta una urbanización inglesa: Ezri Konsa, 1,83; John Stones y Declan Rice, 1,88; Marc Guéhi, 1,82; Djed Spence, 1,84; Nico OReilly, 1,93; Dan Burn, 2,01. Trece metros de defensores, una promoción inmobiliaria dentro del área. El centro pasa la Torre de Londres y el Big Ben para caer justo donde está Lautaro, 1,75, el más bajo del grupo. Inglaterra había comprado altura al por mayor y recibió el cabezazo en liquidación.
¿De dónde sale esa fuerza? Tal vez de haber perdido cuando parecía invencible y de ganar ahora que cada carrera exige inventario. Messi ya no necesita dominar noventa minutos. Le alcanza con sobrevivir ochenta y nueve dentro de ellos. Camina para reunir el instante, espera hasta que el partido baja la guardia y ejecuta con la pierna equivocada. El debate global sobre Messi como mito industrial seguirá vendiendo culpables, santos y favores de la FIFA. Él seguirá llegando tarde a las discusiones y temprano a la pelota cuando a los otros les quema en los pies.