Basta de inventos: la verdadera historia tras la pausa de hidratación
Una fotografía de la revista Estadio en 1979 muestra al arquero Miguel Ángel Leyes bebiendo un Nescafé junto a su arco. Sí, un café. Tal vez fue la primera pausa de hidratación con publicidad mucho antes de que la sed se volviera excusa comercial.
Jack Charlton estaba furioso. El Mundial de Estados Unidos en 1994 parecía una mala idea antes de empezar. Calor, humedad y partidos a mediodía: el sol caía a plomo. Los futbolistas se cocinaban en el césped y no podían detenerse a beber. El entrenador de Irlanda terminó lanzándoles agua desde la orilla, discutiendo con árbitros y funcionarios. Días después la FIFA cedió: autorizó las bolsitas de agua que volaban desde las bancas hacia el campo. El fútbol seguía negándose a parar. El agua tenía que perseguir al jugador.
Aquellas bolsitas fueron una imagen de los años noventa. Entraban por decenas durante una lesión o una sustitución y terminaban sobre el pasto como cadáveres transparentes. El balón seguía rodando entre restos. El agua era una necesidad fisiológica. El espectáculo fingía que no.
Treinta y dos años después ocurre lo contrario. El Mundial se detiene dos veces por encuentro. Tres minutos cada vez: 208 pausas en los 104 partidos, 624 minutos de interrupción. Diez horas y media de tiempo nuevo añadidas al calendario futbolístico.
La hidratación en el fútbol chileno ofrece una imagen precursora. Una fotografía de la revista Estadio en 1979 muestra al arquero Miguel Ángel Leyes bebiendo un Nescafé junto a su arco. Sí, un café. Tal vez fue la primera pausa de hidratación con publicidad mucho antes de que la sed se volviera excusa comercial.
El hombre que sostenía el termo de acero era Héctor Cifuentes, Café Café para generaciones de hinchas. Llegaba cinco horas antes con un tanque de quince kilos. Compró termos franceses pensando en el Mundial de 1962. Les vendió café a Fidel Castro y a Pinochet. Estuvo en el Santos 6-Checoslovaquia 4 de 1965. Vendió su último café en la Copa América de 2015. Durante setenta años insinuó una teoría extravagante: hidratación para todo el que la necesite, pero hirviendo.
Nelson Oyarzún repartía consomé a sus jugadores. Trajo la idea a Chile desde Alemania y heredó de ese caldo energizante un sobrenombre que enaltece su leyenda: Consomé Oyarzún. El fútbol siempre sospechó que una bebida adecuada podía cambiar el destino.
Bilardo elevó esa sospecha a doctrina. Existe la botella que noqueó a Branco en el Brasil-Argentina de Italia 90: la hidratación con somníferos para el rival. Existe también la copa de champagne que Bilardo exhibió años después en una banca argentina hasta que descubrieron que contenía Gatorade. O, como él insistía en pronunciarlo, Gatorei.
La literatura había llegado antes. En "Alicia en el país de las maravillas", una botella con una etiqueta irresistible, "Bébeme", altera el tamaño de la protagonista y cambia las reglas del mundo que la rodea. Alicia encoge hasta caber detrás de una puerta diminuta y descubre que un sorbo puede modificar la realidad. El fútbol también descubrió que una bebida tiene el poder de alterar tiempo y espacio.
Las pausas actuales llegan acompañadas por otra clase de sed. Los 624 minutos añadidos equivalen a diez horas y media disponibles para la televisión. Fox puede insertar hasta cuatro comerciales de treinta segundos en cada interrupción: ocho por partido, 832 avisos en todo el Mundial. Estimaciones publicadas en Estados Unidos calculan que eso podría generar entre 250 y 330 millones de dólares adicionales. El calor produce hidratación. La hidratación produce pausas. Las pausas producen dinero.
La defensa médica tiene fundamentos científicos. Pero no deja de ser un sarcasmo que en el país de Donald Trump se usen las explicaciones de "la gran estafa verde", como él llama al cambio climático, para cuidar ahora a los deportistas. Los entrenadores y los nostálgicos se quejan, pero nadie pudo aún justificarse más allá de la trinchera: para los primeros, la modificación implica más trabajo; para los segundos, bajar el cortisol. La pausa no altera la naturaleza del fútbol: dos equipos en igualdad de condiciones para ganar. Algo saldrá de esto, como los cambios al offside o los pases al arquero, pero lo que salga será igual para todos.
La historia del juego tiene pausas memorables. En Viña del Mar, para el Brasil-Inglaterra de 1962, un perro llamado Bobby invadió la cancha. El arquero Ron Springett intentó atrapar al quiltro chileno. Jimmy Greaves terminó persiguiéndolo en cuatro patas y, cuando consiguió sujetarlo, Bobby le orinó la camiseta. Greaves recibió una hidratación involuntaria. Luego Garrincha lo cogió y cuando Brasil ganó el Mundial lo mandó a buscar para llevárselo a Río: lo rebautizó como Bi, por el Bicampeonato.
George Best conoció otras formas de enfrentar el problema: pausas de fútbol entre largas temporadas de hidratación. "Gasté mucho dinero en alcohol, mujeres y coches rápidos. El resto simplemente lo desperdicié", dijo Best con aires de gurú. Paul Gascoigne también siguió la ruta de la hidratación como modo de vida.
Jack Charlton quería quince segundos para darles agua a sus jugadores. La FIFA terminó regalándoles dos tandas de tres minutos al entrenador, al médico, al anunciante y al dueño del canal. El fútbol se detiene y vuelve. Y la sed genera más sed.