Cucu, Cucurella, se come una paella
Cucurella resume su método: "Soy muy intenso". La verdad es que se instala en la conciencia ajena como una canción mala.
En cualquier ser humano lo natural al ver la chasca de Marc Cucurella es preguntarse para qué existe semejante mata de pelo si no es para tironearla o derribar a su dueño, como hizo Michael Olise en el minuto 30 de España-Francia, este martes en Dallas. Lope de Vega ya hablaba de una "selva de rizos" hace cuatrocientos años; el francés quiso desmalezar su propio relato.
Por supuesto, no hubo cobro ni VAR. La mano de Olise se perdió en aquella frondosa extremidad capilar. Ya le había pasado: Cuti Romero lo mechoneó impunemente en la Premier; después expulsaron a Jack Stephens y João Neves por el mismo ensayo de peluquería. El fútbol ha tardado años en decidir dónde termina Cucurella y dónde empieza su melena.
Olise, que disciplina su pelo con un colet, era uno de los mejores jugadores del torneo hasta que topó con su némesis. The Guardian llamó "bola de energía" al lateral español. Ousmane Dembélé se alternó con Olise para buscarlo, cargarlo y provocar una segunda amarilla. Ni así funcionó. Cucurella resume su método: "Soy muy intenso". La verdad es que se instala en la conciencia ajena como una canción mala.
Kylian Mbappé fue concebido para el póster. Cucurella parece salido del margen de un cuaderno escolar. Corre con el cuerpo inclinado, los brazos dispersos y la cabellera medio segundo atrasada, como si hubiese fichado para una nueva entrega de "El aro" y saliera reptando de un televisor. Se ve desordenado, a veces fuera de posición, aunque ay del que pase cerca. Sus entrenadores le piden eso: adherirse al adversario hasta que regale la pelota para recuperar la paz.
Los grandes atacantes hacen que el fútbol parezca fácil. Cucurella adquiere prestigio mostrando cuánto cuesta. No conduce España ni reparte órdenes. Es el accesorio con que Luis de la Fuente desactiva las ínfulas del contrario, una lija táctica, un recordatorio de que la fama también debe sacar laterales. Hay jugadores que ordenan el partido. Cucurella lo despeina.
España llegó a la final para refutar el cartel de Mundial de los Goleadores que habían insinuado Mbappé, Messi, Haaland y Kane. Su pieza más abundante fue un lateral. Detrás tenía a Aymeric Laporte y Pau Cubarsí; por dentro, a un Rodri imperial, una versión de Busquets capaz de ganar Balones de Oro. El colectivo convirtió a los solistas franceses en señores que esperaban turno en una oficina cerrada. Ganó el fútbol que habían dado por muerto.
La decepción comenzó con Lucas Digne. En 2017, Cucurella debutó en el primer equipo de Barcelona entrando precisamente por él. Nueve años después, Digne derribó a Lamine Yamal y concedió el penal que abrió la semifinal. Francia buscaba su tercera final consecutiva justo el 14 de julio, día de su fiesta nacional. Le fallaron la velocidad, el orgullo y hasta la efeméride. ¡Cest la Bérézina!
Cucurella advierte: "Mi pelo es sagrado". También sabe que la épica necesita merchandising. Tras ganar la Eurocopa cantó su doctrina, suficiente para explicar por qué los héroes secundarios suelen ser los que más molestan: "Cucu, Cucurella, se come una paella. Cucu, Cucurella, se bebe una Estrella. Haaland, tiembla, que viene Cucurella".