El fútbol que habíamos dado por muerto
En 2010 España necesitó al Pulpo Paul para anunciar el futuro. En 2026 lleva a Rodri, con dos tentáculos menos y dedicado a fabricar un presente ruinoso para los rivales.
España había perfeccionado una forma carísima de no llegar a ninguna parte. Contra Rusia, en 2018, completó 1.029 pases: una mudanza entera de pelota para acabar en la misma habitación. Ante Marruecos, en Qatar, añadió 967 y logró un mísero remate al arco. El balón circulaba con puntualidad funcionaria y aventura de fotocopiadora. En los penales, el espectador ya había hecho testamento y aceptado la posesión como rama de la anestesiología.
La decadencia venía de antes. En mayo de 2014, tras las caídas de Barcelona y Bayern en la Champions, Jonathan Wilson preguntó: "¿Es este el fin del tiquitaca?". Un mes después, Países Bajos y Chile convirtieron a los campeones de 2010 en material de autopsia. The Independent anunció "la dolorosa muerte del tiquitaca tal como lo conocemos".
Por entonces prosperó el Código Mourinho, recogido por Diego Torres en "Prepárense para perder", de 2013. Sus mandamientos cabían en una sospecha policial: quien tiene el balón acabará confesando. Tenerlo implicaba miedo y error; perderlo en salida dejaba una cáscara de plátano frente al área. España estiró el chicle hasta que el pase para desordenar terminó preservando el prestigio del pase. El tiquitaca acabó como ciertas familias ilustres: conservaba el apellido cuando ya no quedaba fortuna.
Luis de la Fuente heredó ese museo y abrió las ventanas. La campeona de Europa en 2024 recuperó los extremos y corrió cuando debía. En el 3-0 a Croacia, con 46 por ciento de posesión, cortó una racha de 111 partidos controlando el balón. La pelota volvió a servir para atraer, acelerar y, detalle revolucionario, acercarse al arco. Guardiola había renegado en "Pep Confidential" de "todo ese pase por el pase". España parece haber leído el libro, hazaña infrecuente en un vestuario y milagrosa en una federación.
El mando ahora pertenece a Rodri, futbolista con apariencia de ingeniero que revisa un puente antes de que lo inaugure el ministro. Ordena el tráfico y decide cuándo respira el partido. Marcel Beltrán escribió en Panenka: "Cuando Rodri recibe, el resto abre la libreta y saca el boli: se viene una clase magistral". Su juego reduce el fútbol a su esqueleto: pase tenso, movimiento, carga, entrada limpia. Suma 655 pases y 83,7 kilómetros en el Mundial, el mejor en ambos registros. Tiene el temple de Busquets, el control de Xavi y los pulmones de Iniesta.
La semifinal contra Francia fue la tesis doctoral. España ganó 2-0, permitió dos remates al arco y redujo a Mbappé y Dembélé a nombres sobre camisetas. El segundo gol, de Pedro Porro, llegó después de 67 segundos, 56 toques y 18 pases. La antigua selección habría añadido otros dieciocho para evitar vulgaridades. Esta aceleró a tiempo. La posesión había aprendido que una buena frase necesita punto final. Alrededor de Rodri, el colectivo trabaja sin pedir tregua.
En la final espera Argentina, campeona vigente, con Messi a los 39 años y capaz de convertir los minutos finales en propiedad privada. Será un choque de superpoderes: la maquinaria colectiva contra el último propietario del milagro. En 2010 España necesitó al Pulpo Paul para anunciar el futuro. En 2026 lleva a Rodri, con dos tentáculos menos y dedicado a fabricar un presente ruinoso para los rivales.