"Dejaron el alma": el último grito de OHiggins en una campaña inolvidable
El equipo de Lucas Bovaglio se despidió invicto en Rancagua de la Copa Sudamericana.
Se terminó el tiempo reglamentario en El Teniente y Lucas Bovaglio reunió a sus jugadores antes de los penales. Había piernas agotadas, camisetas pegadas al cuerpo y una tribuna que empujaba el aire. "Los felicito, muchachos. Dejaron el alma", les dijo. OHiggins acababa de vencer 1-0 a Boca, había igualado la serie y debía renegociar el duelo en esa oficina cruel donde el fútbol resuelve sus asuntos desde once metros.
El gol de Francisco González llegó a los 71 minutos, después de la pausa de hidratación. Un lateral cayó en el área, Nicolás Figal rechazó hacia el centro y González empalmó de zurda una volea que atravesó la noche. La pelota entró con el peso de todo Rancagua. Fue el séptimo gol celeste de la campaña internacional en casa para insinuar una posibilidad feroz.
A cinco minutos del final, Thiago Vecino apareció libre en el corazón del área de Boca y cabeceó a las manos de Álvaro Montero. Era una ocasión limpia, de esas que regresan durante años. Vecino había entrado para empujar la puerta y terminó viéndola cerrarse sobre su nariz.
Luego, cuando el equipo desfallecía, Omar Carabalí sostuvo el relato. Tomás Aranda disparó desde fuera del área a los 89 y 92 minutos. Carabalí voló dos veces y dejó la serie respirando. Entonces llegó la tanda. Vecino lanzó afuera. Qué noche maldita para el uruguayo. Luis Pavez encontró la atajada de Montero. Carabalí atrapó el Panenka de Aranda y concedió una última esperanza. Boca convirtió el penal definitivo y ganó 4-3.
Así terminó una campaña que Rancagua guardará con escenas intactas. OHiggins disputó seis partidos internacionales este año en El Teniente, dos por la Libertadores y cuatro por la Sudamericana. Ganó cinco, empató uno, marcó siete goles y no recibió ninguno. El estadio fue una frontera imposible hasta que los penales encontraron una rendija.
Todo comenzó en verano, con el 1-0 sobre Bahía. González marcó temprano y la ilusión dejó de parecer una extravagancia. En Salvador, Arnaldo Castillo empujó el gol que llevó la llave a los penales y Carabalí atajó dos, entre ellos el decisivo de Everton Ribeiro. El Capo eliminó al equipo del City Football Group y regresó con una historia que pedía capítulos.
Después vino Deportes Tolima. Otra vez González, otra vez el 1-0, otra vez El Teniente convertido en una habitación donde el visitante olvidaba cómo se gritaba un gol. La caída agónica en Colombia envió al equipo a la Sudamericana. Allí aceleró en casa: 2-0 a Millonarios con tantos de Castillo y González; 2-0 a Boston River, impulsado por Martín Sarrafiore; 0-0 ante São Paulo y 1-0 frente a Boca para cerrar con el arco invicto.
En cada pausa de hidratación, Bovaglio entraba a la cancha con una pizarra, una botella y la urgencia de quien dispone de un minuto para corregir el destino. Sus arengas fueron parte del paisaje: jugadores en círculo, el técnico moviendo los brazos, la galería inclinándose hacia adelante. Contra Boca, la conversación produjo un gol apenas se reanudó el juego.
Quedará la volea de González suspendida sobre Rancagua para la memoria. Quedarán los vuelos de Carabalí, el cabezazo de Vecino, los penales que negaron el último viaje y esas noches en que OHiggins recibió clubes más ricos y apellidos más famosos sin aceptar su condición de invitado. Llegó hasta la puerta de los octavos frente a un gigante argentino y obligó a Boca a salir de El Teniente mirando el vacío.
Antes de la definición, Bovaglio había terminado su arenga con una frase que resume la campaña: "Los felicito, muchachos. Dejaron el alma. Falta un paso más". Eso fue lo que no llegó: el paso que faltaba.