Insana envidia por el jardín del vecino
¿Qué diremos ahora? ¿Que ellos son argentinos? ¿Habrá que declararlos invencibles también?
Qué desconsiderados los argentinos. Con lo bien que nos habíamos acomodado a la idea de que a los brasileños era imposible ganarles, Estudiantes se mete en la final de la Libertadores y Boca en la de la Sudamericana. Uno eliminó a Flamengo; el otro fue a dar vuelta su llave con Vasco a Río de Janeiro. Diez años afinando una excusa para que vengan estos vecinos a estropearnos el descanso.
¿Qué diremos ahora? ¿Que ellos son argentinos? ¿Habrá que declararlos invencibles también? La U le ganó a Estudiantes en La Plata en 2025. Católica venció a Boca en La Bombonera este año. Los mismos equipos que ahora van por las copas perdieron en sus propias canchas con los nuestros. La diferencia de presupuesto se ha convertido en un certificado médico para faltar al trabajo, pero ya no quedan excusas.
En Chile administramos los planteles como departamentos de arriendo por temporada. En diciembre se entregan las llaves y se borra hasta el nombre del timbre. Peor aún: algunos jugadores firman por meses, como si los consiguieran en un Airbnb de los refuerzos. El 9 argentino de treinta y tantos aterriza por un puñado de goles, o un dolor de espalda, y el entrenador dispone de seis meses para convencernos de que merece otros seis. Si alcanza dos años, entra al museo. Entretanto, al juvenil se le pide paciencia para esperar la oportunidad que le quitará el próximo refuerzo.
La flojera también dirige clubes. A veces viene acompañada de ignorancia; en otras basta el desgano de quienes consideran una lata pensar qué equipo tendrán dentro de tres años. Sale más cómodo empezar de cero. Cada verano se anuncia un proyecto con la tranquilidad de que nadie vendrá a preguntar por el anterior. El hincha vuelve a entusiasmarse y paga su abono otra vez. Para eso sí tenemos continuidad.
Colo Colo tardó casi una década en armar el plantel de 1991. Mirko Jozic recibió jugadores que conocían movimientos y derrotas, además del trabajo acumulado de sus antecesores. Su revolución tuvo dónde afirmarse. La U fue juntando piezas desde 2009, llegó a semifinales de la Libertadores en 2010 y ganó la Sudamericana en 2011. Tres años. Un plazo razonable para construir algo, aunque entre nosotros alcance para cambiar varias veces de salvador.
Después aparece un equipo extraordinario y hablamos de generación espontánea, como si los futbolistas brotaran del pasto al amparo de una luna favorable. Hasta la Generación Dorada empezó a echar raíces cuando la crisis de comienzos de los dos mil obligó a los clubes a echar mano de sus juveniles. La falta de plata abrió espacios que la abundancia de expertos mantenía cerrados. Hubo que poner a los cabros y tolerarles los errores hasta que aprendieran.
Conviene acordarse de eso antes de atribuirle al pasaporte argentino alguna virtud sobrenatural. Un equipo necesita tiempo para aprender a ser equipo, incluso cuando pierde un partido que debió ganar. Aquí lo desarmamos apenas empieza a reconocerse. Y luego miramos las finales ajenas con esa envidia del vecino que ve crecer un árbol al otro lado de la reja, mientras en su patio vuelve a arrancar las raíces para comprobar si están funcionando.