Estamos todos locos: Messi en el Área 51
La conspiración gira más rápido que un borracho buscando la salida del bar: primero la FIFA levanta a Argentina, luego la arrastra al sótano.
Argentina perdió una final y a las pocas horas ya había librado una guerra contra el gobierno secreto del planeta. Es una virtud de nuestros tiempos: donde otros ven un 1-0, un equipo sin remates al arco y una copa levantada por España, el conspirólogo ve pasadizos bajo el MetLife Stadium, teléfonos rojos, sobres con francos suizos y un esloveno acariciando un gato blanco en el Área 51.
La primera versión llega de la política. Aleksander Ceferin, jefazo de la UEFA, habría amenazado a Gianni Infantino con apoyar a Dariusz Mioduski, patrón de Legia Varsovia, en la elección de la FIFA de 2027. Donald Trump había gastado antes un favor para salvar a Folarin Balogun de una tarjeta roja. Europa se enfureció. Infantino, capaz de oler una votación a través de tres continentes, ofreció la copa a España como indemnización. Ceferin es esloveno. El árbitro Slavko Vincic también. Dos pasaportes iguales bastaban para fundar una maffia. "Infantino debe ser el hombre más poderoso del mundo junto con el Papa o quizás más importante que el Papa", agregó el denunciante, mirando la cámara como si acabara de hallar el cadáver de un apostador en la bañera de un hotel en Las Vegas.
Después apareció el video de Messi. "Olvidémonos de todo", dijo antes de ir a la cancha. Tres palabras; millones de neuronas huyendo por la ventana: Argentina había sido "apretada". Lionel Scaloni lloró "por otra cosa". A Lautaro Martínez "le prohibieron jugar". El FBI buscaba al Chiqui Tapia detrás de una máquina de bebidas. Trump, Macri, el rey de España y las Falklands formaban una sociedad anónima con sede en el infierno. El equipo entró a dejarse anotar el primer gol y recibió instrucciones de no cruzar la mitad de la cancha. La pancarta que decía "Las Malvinas son argentinas" activó la desgracia. Messi pidió que expulsaran a Cucurella, pero Argentina se estaba dejando perder: si no iban a ganar la copa, al menos podrían postular a una estatuilla de los Oscars.
También floreció la teoría de la argentinofobia planificada. El algoritmo preparó la caída mediante una desmessificación de las redes sociales. La plancha de Messi sobre la pantorrilla de un argelino coincidía con la proliferación de los comentarios negativos, pero fue sólo una minucia estadística. Alguien quería destruir al capitán. Los mismos delirios digitales que durante semanas denunciaron la VARgentina y la ArgenFIFA descubrieron después a este Messi ultrajado por las sombras. La conspiración gira más rápido que un borracho buscando la salida del bar: primero la FIFA levanta a Argentina, luego la arrastra al sótano. Por si acaso, Infantino cobra peaje en ambos sentidos.
Todo esto ya ocurrió, con mala iluminación y efedrina. En 1995 Fernando Niembro y Julio Llinás publicaron "Inocente". La portada mostraba el título junto a un logo de la CIA, sutileza comparable a entrar a misa con una ametralladora. En la novela, La Sombra manipula el Mundial de Estados Unidos en 1994 con ayuda de la FIFA y anuencia del Vaticano. Un sacerdote suministra a Maradona una hostia contaminada. Niembro defendía su derecho a sospechar: "Diego está relacionado con Fidel Castro". Era el argumento perfecto: amistad con el comandante, efedrina en el cuerpo, la enfermera de la CIA esperando al borde del campo. Faltaban Nixon, Elvis y un platillo volador estacionado en el área técnica.
El libro absolvía a Maradona de un modo absoluto, casi higiénico. Su entorno, los médicos, los suplementos y el caos desaparecían por la alcantarilla. Quedaban los poderes terrenales reunidos alrededor de una hostia, felices de invertir recursos imperiales en sacar a un futbolista de un torneo.
No está todo perdido: el sociólogo argentino Pablo Alabarces describió "Inocente" como el ejemplo más drástico de aquellas interpretaciones paranoicas, "tan grotesco que parecería paródico". Acertó a medias. La parodia conserva cierta vergüenza. Estas teorías piden otra ronda de cervezas y acusan al mozo de trabajar para la FIFA. El fútbol acaba; la paranoia sigue fumando en la cocina mientras espera que alguien pierda para volver a trabajar.