Qué chido: del 0-7 a un 8-0 en diez años
El mexicano siempre ha querido creer que el fútbol le tiene preparado algo importante. Después de todo, su país ya ha organizado tres mundiales.
A ntes de que entraran los equipos sonó el santo y seña en el estadio Azteca este martes: "El mariachi loco quiere bailar".
El Coloso de Santa Úrsula obedeció como si alguien hubiera abierto una piñata en el cielo. El Chavo del Ocho habría aprobado la escena con una frase de cabecera: "Lo último que se pierde es la barriga, señor Esperanza". Eso explica la música, la matraca y la prisa. En el minuto 3 del duelo contra Ecuador ya bajaba de la grada el "ole, ole", ese modo de ponerle sombrero de charro a un fósforo recién encendido. La felicidad no tenía certificado de nacimiento y ya circulaba por la tribuna.
Esa urgencia tan mexicana venía de lejos. Durante diez años, México tuvo que explicar su fútbol desde una humillación: el 0-7 contra Chile en la Copa América Centenario de 2016. Aquella noche el relator Christian Martinoli emitió su acta de defunción en vivo: "Está bien, está muy bien ¿y saben por qué está bien? Porque México no sabe ni tiene idea contra quién está jugando". Juan Villoro ya había lanzado una advertencia sobre la máquina chilena con una imagen ocurrente, como un "Barcelona con anfetaminas". Hace diez años los mexicanos recibieron una clase acelerada de pánico.
Por eso este Mundial parece escrito al reverso de aquel desastre. Qué chido: del 0-7 a un 8-0. Sí, ocho goles a favor, ninguno en contra. Cuatro victorias: Sudáfrica, Corea del Sur, República Checa y Ecuador. El Tri gana y ahora comete una imprudencia mayor: empieza a parecer confiable. La defensa guarda el cero como reliquia, Raúl Jiménez remata con calma de sobreviviente y Julián Quiñones quiere romper el arco contrario si le dan la oportunidad. Gilberto Mora, de 17 años, asoma con insolencia limpia: el chiapaneco más famoso desde el Subcomandante Marcos.
México es incorregible cuando se trata de tener fe, a pesar de todos sus desmadres. Ya había usado una frase como amuleto antes de Rusia 2018. La de Chicharito Hernández: "Imaginemos cosas chingonas". Sirvió para ganarle a Alemania, pero Brasil les apagó la luz en la primera eliminatoria. Desde 1986 México no ganaba un cruce mundialista: aquel 2-0 a Bulgaria con la tijera de Negrete y el golpe de Servín. La primera llave de eliminación se les volvió pared, terapia y chiste privado.
La Conmebol fue parte de su educación sentimental, especialmente esa cicatriz con camiseta roja de Chile 2016. Ecuador también apostó a la memoria continental, con la sospecha de que Sudamérica sabe convertir la pelota en tribunal. Pero esta vez México ganó 2-0 y el Ángel de la Independencia volvió a llenarse de bocinas, banderas y gente que celebra para confirmar que algo ocurrió.
El mexicano siempre ha querido creer que el fútbol le tiene preparado algo importante. Después de todo, su país ya ha organizado tres mundiales. Pero también los apremia esa inocencia de la que nunca hizo gala Elena Poniatowska cuando contaba que la pusieron a ver un partido de México y ella preguntó por "ese que está de negro". Al menos habría quedado satisfecha al ver que contra Ecuador el árbitro tenía que mandar el partido a la pausa de hidratación justo cuando los dueños de casa anotaron el primer gol y después, a pito de nada, les cortó un ataque que podía adelantar el segundo festejo, sólo para cumplirle la exigencia comercial a la FIFA.
México pasó años ofreciendo rivales heroicos, memes de duelo, goles ajenos para la antología. Ahora le toca repartirse una dicha propia. Así como están jugando les da para ilusionarse. Conviene decirlo sin solemnidad, porque México escucha la palabra ilusión y contrata mariachis, imprime camisetas y bloquea avenidas. Del 0-7 a este 8-0 hay diez años y un país que por una vez exagera con fundamento.